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ESPERANZA A PESAR DE…

A pesar de todo… necesitamos la esperanza, una esperanza recia en estos tiempos oscuros en los que con frecuencia sentimos la impotencia ante el mal en todas sus manifestaciones, ante tanta violencia, injusticia y sufrimiento como nos rodea. Así terminábamos el artículo anterior con unas palabras del Papa Francisco.

Esperanza frente al desaliento, esperanza para acompañar la justa indignación, para contrarrestar la frustración y tristeza producidas por situaciones dolorosas e inhumanas. Esperanza hecha de creatividad, lucidez y honradez. Esperanza porque Dios camina con nosotros.

El enorme sufrimiento provocado por la crisis –la estafa de la crisis- y su cortejo de recortes, empobrecimiento, ataques a los bienes públicos y comunes, mentiras desde el poder. Añadamos el enfado social ciudadano ante el espectáculo inmoral de la corrupción de numerosos actores políticos. ¡Cuántas veces sentimos indignación y frustración! ante la burla permanente de quienes dicen combatir la corrupción cuando en realidad no han hecho más que mirar hacia otra parte; o peor todavía, destruir pruebas, entorpecer por todos los medios el trabajo de los jueces intentando que naufraguen los procesos en curso en los tribunales. Indignación ante tanta mentira, desdén e impunidad.

Complicidades

Y al tiempo que la ciudadanía pierde recursos, servicios públicos y derechos, las grandes fortunas y empresas multinacionales acumulan riqueza de forma indecente en paraísos fiscales. Tramas de intereses y complicidades entre poderosos que empobrecen a millones de hermanos. El fraude o la evasión fiscal suponen cuantiosas pérdidas para los fondos públicos, contribuyendo así a incrementar la pobreza, las desigualdades y el sufrimiento. Todo esto en nuestras latitudes, en otras es peor: hambre, guerras interesadas, miles y miles de refugiados, saqueos de recursos naturales, dictaduras.

Para poder transformar la realidad, las bienaventuranzas nos invitan a la transformación de la mirada, de las actitudes, de los criterios, de las complicidades. ¿De quién somos cómplices: de los empobrecidos o del sistema que los empobrece?

La mirada de Dios en Jesús se hace cercana, humana. “Solo se ve bien con el corazón”. Y como Jesús tiene un corazón inmenso ve mejor que nadie. Jesús abre sus ojos y su corazón a quienes sufren y lo hace por amor, amor que le empuja a la acogida, al acercamiento, a veces a la denuncia. Curar en sábado es misericordia, y al mismo tiempo denuncia de un sistema religioso-legal que oprime porque no pone la vida por encima de todo. Y por eso, el evangelio es Buena Nueva porque nos introduce en los gestos salvadores de Jesús, en su fuerza y capacidad de luchar contra el sufrimiento. Los signos a los que Jesús se refiere al contestar a la embajada de Juan (Mt 11, 2-6) no son signos religiosos, sino de liberación contra el sufrimiento.

La inteligencia del corazón.

En el discurso a los participantes en el 3ª encuentro mundial de movimientos populares, el Papa Francisco -relatando dos milagros de Jesús en sábado- utiliza una expresión feliz: “la inteligencia humilde del corazón”. La inteligencia del corazón nos permite, desde el afecto y el amor, descubrir lo esencial, situar la necesidad del hermano sufriente por encima de la norma. Bondad e inteligencia pueden caminar de la mano.

Un sábado, Jesús hizo dos cosas que, nos dice el Evangelio, precipitaron la conspiración para matarlo (Marcos, 2, 23–3, 6). Pasaba con sus discípulos por un campo, un sembradío. Los discípulos tenían hambre y comieron las espigas. Nada se nos dice del «dueño» de aquel campo… subyacía el destino universal de los bienes. Lo cierto es que frente al hambre, Jesús priorizó la dignidad de los hijos de Dios sobre una interpretación formalista, acomodaticia e interesada de la norma. Cuando los doctores de la ley se quejaron con indignación hipócrita, Jesús les recordó que Dios quiere amor y no sacrificios, y les explicó que el sábado está hecho para el ser humano y no el ser humano para el sábado. Enfrentó al pensamiento hipócrita y suficiente con la inteligencia humilde del corazón, que prioriza siempre al ser humano y rechaza que determinadas lógicas obstruyan su libertad para vivir, amar y servir al prójimo.

La misma inteligencia humilde del corazón se revela en el gesto del samaritano, gesto que desvela la incoherencia de los que pasan (el sacerdote y el levita), de aquellos a quienes el sistema religioso-legal les impide pararse y apearse de sus prisas, obligaciones o certezas. Parecían tener buenas razones, legales y religiosas, para pasar de largo. No fue la mala voluntad la que les impidió pararse sino la ceguera que impone el sistema, ceguera interiorizada, normalizada, naturalizada.

En el canto del Magnificat, María nos enseña a mirar la realidad como Dios la mira, y su mirada nos hace descubrir que allí donde se expresa lo más oscuro de nuestra historia, fruto de la actuación de los poderosos, ricos y soberbios, de los prepotentes, allí se hace presente la acción misericordiosa y fiel del Señor con los pequeños, los humildes, los que no cuentan. Por eso, María expresa la confianza en el Dios del futuro y de la esperanza.

Exceso de amor

Por amor Dios escucha y se abaja (Éxodo 3), por amor Jesús se nos acerca y se abaja. La bondad siempre produce frutos buenos, donde hay amor no hay fracaso. En el fondo de toda la realidad, por oscura que sea, siempre hay un latido de esperanza porque está la presencia del Señor, y la obra de Jesús no fracasará porque está hecha con amor profundo.

La bondad tiene también mucho que ver con la justicia y la solidaridad, para que todos vean “la salvación de Dios”. Y aquí es donde entra la voz de los profetas que nos ayudan a situarnos correctamente frente a Dios y frente al hermano y a seguir caminos de conversión: de bondad, de justicia, de solidaridad.

El exceso de amor hace nacer la esperanza, nos ayuda a descubrir posibilidades ocultas, “exceso” de amor presente en la encarnación y en la resurrección de Jesucristo, revelación de la empatía divina con nuestra realidad humana y que provoca un impacto agradecido y esperanzado en la conciencia y en la actuación de los cristianos. Por eso, en nuestra situación histórica de desaliento e indignación, estamos invitados a dar razón de nuestra fe, mostrando su capacidad de aportar salvación y felicidad concretas.

Sembradores de cambio

En el discurso ya citado, el Papa Francisco, con una imagen sugerente, se dirigía a los participantes llamándoles poetas sociales: En nuestro último encuentro, en Bolivia, con mayoría de latinoamericanos, hablamos de la necesidad de un cambio para que la vida sea digna, un cambio de estructuras; también de cómo ustedes, los movimientos populares, son sembradores de cambio, promotores de un proceso en el que confluyen millones de acciones grandes y pequeñas encadenadas creativamente, como en una poesía; por eso quise llamarlos “poetas sociales”; y también enumeramos algunas tareas imprescindibles para marchar hacia una alternativa humana frente a la globalización de la indiferencia: 1. poner la economía al servicio de los pueblos; 2. construir la paz y la justicia; 3. defender la Madre Tierra”.

El cambio de estructuras tan necesario es llevado adelante por millones de “sembradores de cambio” y producido por “millones de acciones grandes y pequeñas encadenadas creativamente, como en una poesía…” Nosotros podemos formar parte de esos sembradores pacíficos, comprometidos, esperanzados, y nuestras acciones pueden formar parte de esa cadena de gestos, compromisos que transforman la realidad, la dignifica y humanizan, uniendo el compromiso a favor de la justicia con la compasión, con la ternura, una “ternura combativa” y poder realizar la revolución de la ternura a la que Jesús nos invita. (EG 85 y 88)

Lo más real de lo real no es la realidad misma, sino sus posibilidades”. (G. Ebeling) Pensemos en nuestras posibilidades personales o comunitarias, porque “la realidad no es solo lo que somos, sino lo que queremos hacer con lo que somos”. De ahí la importancia de despertar los sueños, los deseos dormidos del corazón para movilizarnos y preparar un futuro más justo y humano, más equitativo, de todos y para todos. La resurrección de Cristo es un manantial de posibilidades y de esperanza, es fuerza que despierta y moviliza energías, es horizonte que orienta y guía nuestro compromiso en la historia.

P. Carlos Collantes sx

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