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LA BELLEZA DE LA VOCACIÓN MISIONERA

Desde hace unos meses, el P. Ivanildo, se encuentra entre nosotros. Nuestra congregación lo ha enviado a España para trabajar en la animación misionera y vocacional. Le hemos pedido que nos presente su camino de fe y su itinerario vocacional.

Soy  Ivanildo de Sousa Quaresma, nací el 15 de noviembre de 1983, en Abaetetuba, en la Amazonia, Brasil. Soy el cuarto de cinco hermanos, viví en un ambiente totalmente católico. Mi familia desde cuando era niño me ayudó a vivenciar la fe católica a través de la oración y de su testimonio de vida.

Creo que mi familia ha sido una fuente de amor, de inspiración y de aprendizaje. En mi casa desde pequeño aprendí con mis padres a escuchar el Evangelio, a rezar y agradecer al Señor por el don de la vida. Ellos me enseñaron el valor del respeto, de la amistad y de la ayuda recíproca entre las personas. Recuerdo como si fuera ayer, cuando mi madre me decía que Jesús es el regalo más grande que una persona puede recibir en su vida.

Crecí consciente de que la vida no es mía, que no puedo hacer lo todo que quiero; me la ha dado Dios y, por lo tanto, debe ser cuidada bien y puesta al servicio de los demás. El testimonio de vida y de amor entre mis padres hizo nacer en mí el deseo de compartir con otras personas los dones que el Señor me ha dado.

Experiencia de ser amado

Otro lugar importante y significativo para mi vocación fue mi parroquia de Santo Domingo de Guzmán, donde seguí viviendo el camino de fe y donde tuve la experiencia de ser amado por Dios. Allí fui bautizado y me preparé con mucha alegría para recibir mi primera comunión y seguidamente continué madurando mi vida de fe junto a las personas que hacían parte de esta Iglesia.

Después de los sacramentos de la iniciación que recibí, empecé a cooperar en distintos trabajos en la parroquia, como animador de los adolescentes, de los jóvenes y de los catequistas. Me sentía contento y muy realizado como cristiano. Poco a poco iba descubriendo que la fe se fortalece de entrega, confianza y donación.

Siempre respiré en mi parroquia un aire misionero. Por ahí pasaron los misioneros Salesianos, Franciscanos, Redentoristas, Barnabitas. Todos ellos hicieron un buen trabajo de evangelización, pero me encantaba la manera de ser de los misioneros Javerianos, que hablaban con entusiasmo y alegría de Jesucristo, a mí y a otros jóvenes. Ellos nos presentaban la realidad de la misión de la Iglesia en los distintos continentes, sus múltiples desafíos, las tristezas y las alegrías de la misión y de los misioneros.

Yo, en particular, descubrí que aún existían muchas personas que no conocían a Jesús. Porque faltaban misioneros. Era un absurdo, y me parecía inadmisible. Ésta realidad del desconocimiento de Cristo, por parte de mucha gente, me había impresionado demasiado. Me quedé muy triste, todo eso hizo nacer en mi corazón y en mi pensamiento el deseo de ser misionero, con el objetivo de anunciar a Jesús y su Evangelio a quien todavía no lo conoce.  

Un afortunado

Yo empezaba a sentir una gran inquietud y gratitud ante los misioneros que, a través de sus palabras y testimonios, me posibilitaban conocer mejor a Jesús. Sobre todo, por la osadía, por el coraje de haber dejado casa, familia, patria, todo, para ir hacia estos lugares tan lejanos a anunciar con alegría y amor el Evangelio de Jesús.

Sentía que era afortunado al ver y oír estos testimonios  y por lo tanto, no podía quedarme indiferente ante esta situación.      

Resalto que el testimonio de estos misioneros -la manera de rezar junto con los demás, la manera serena de relacionarse con las personas, la convivencia, el cuidado hacia cada persona, la atención y la preocupación por la formación de los laicos, el entusiasmo y la alegría que les caracterizaba- me hizo desear seguir a Cristo como ellos lo seguían.

Cuando nos anunciaban el evangelio y decían que debíamos compartir la experiencia de la fe, dar testimonio de ella, anunciar el evangelio porque es el mandato que el Señor confía a cada uno de nosotros y a toda la Iglesia, todo eso, me hacia arder el corazón y pensar en lo que decía San Pablo: “¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio” (I Cor 9, 16). Era consciente de que mi continente, mi país, mi pueblo había recibido el anuncio del evangelio y que había dado fruto y que ahora me tocaba a mí anunciarlo a los demás. Nos toca a nosotros compartirlo. 

La belleza de la misión

Además, los misioneros Javerianos me ayudaron mucho a conocer y hacer la experiencia de Cristo. Me hicieron enamorarme de la belleza de la misión. Me transmitieron la alegría de seguir a Cristo. Todo eso, me sirvió como estímulo.

Consecuentemente, agradezco a Jesús y a ellos, el haberme ayudado a tener una mentalidad y un corazón misionero. Hoy me siento un ciudadano del mundo y creo que si queremos podemos hacer del mundo una sola familia en Cristo Jesús.             

Resalto también, un elemento principal en mi vida personal que me ayudó mucho a comprender mejor la llamada de Dios en mi vida, o sea, la oración. Fue y continúa siendo una fuente de inspiración, un estímulo y la mayor fuerza en mi vocación.

Creo completamente que Dios desde que nací estuvo conmigo, me pensaba y me quería bien. Y en toda mi vida sentí y sigo sintiendo su presencia constante junto a mí. La oración es la primera actividad del misionero y yo vivo mi manera de rezar de modo constante, aunque a veces es difícil, pero intento ser fiel a mi proyecto personal. De este modo, la Eucaristía es el culmen de mi vida de oración, es mi base cotidiana. Todos los días me encuentro con el Señor a través de la comunión.

He hecho mi formación para ser misionero, parte en Brasil y parte en Italia. Cuando entré en el seminario en 2006, empecé los estudios superiores: la Filosofía, la hice en Ananindeua (Brasil), en el Instituto Regional Para Formación Presbiteral (IRFP), allí estudié cuatro años.

Mi tesoro es Cristo

Fui después a Sao Paulo, donde hice el noviciado por un año; fue para mí, un tiempo favorable para conocer mejor el carisma y la espiritualidad de los misioneros Javerianos. Los estudios teológicos los hice en Italia, en el Instituto Teológico Interdiocesano. Donde estuve hasta que me ordené diacono, el ocho de diciembre de 2015, y el día 27 de Agosto de 2016, fui ordenado sacerdote.

Para terminar, me gustaría de compartir con todos vosotros mi alegría en seguir a Jesucristo, con estas palabras del evangelio de Mateo 13, 44: Así como el hombre que encontró el tesoro escondido en el campo, después va lleno de alegría, vende todos sus bienes y compra aquel campo, así como aquel ciudadano que vendió todo lo que tenia para comprar el tesoro porque encontró ahí un gran valor, así ocurrió conmigo.

Para mí, este tesoro es Cristo. Haberlo encontrado, conocido y haberlo seguido ha sido la mejor experiencia que he hecho en mi vida. Me ha abierto a una vida intensa, apasionante y llena de alegría. A Él quiero conformar toda mi vida, enraizar mi existencia en la suya, porque Él es mi tesoro, y su misión es mi alegría de vivir. 

    Como nos dice el Papa Francisco: “Jóvenes no tengáis miedo, de ser esperanza para la sociedad, para la Iglesia y para Dios. Pues, ser esperanza para el mundo, es vuestro don”. Y yo añado no os olvidéis de preguntar a Dios: ¿qué quieres de mí? Porque así como Él me llamó a mí, os puede llamar a vosotros también. Y si vosotros os sentís llamados, no tengáis miedo de decir sí, pues Dios es fiel y no nos defrauda jamáis.  

Familia, parroquia, comunidad, un corazón abierto y generoso. Un testimonio vocacional gozoso, transparente, lleno de vida y esperanza, de quien sabe acoger agradecido los innumerables dones de Dios. Gracias, Ivanildo, que te sientas feliz entre nosotros y que el Señor bendiga y fecunde tu vida misionera.

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