EL IMPULSO INFINITO DE DAR, AYUDAR Y AMAR
En un enorme sótano de un antiguo mercado de Worcester (Estados Unidos) se encuentra Anna Vergani, misionera javeriana, rodeada de montones de ropa vieja, cajas de cartón y bolsas de plástico. Como voluntaria, pasa el día clasificando la ropa que la gente dona para el mercado. Esta ropa, junto con muebles usados, se ofrece a personas necesitadas a precios asequibles, pero antes hay que asegurarse de que la ropa y todo lo demás esté en buenas condiciones.
La comunidad de las misioneras javerianas celebra este año el 75 aniversario de su presencia en los Estados Unidos. Antes de que Anna fuera destinada a esta comunidad, había servido en Italia y en Chad como misionera, una experiencia que le cambió la forma de ver y la hizo más abierta.
CHAD SU PRIMER DESTINO
El primer destino misionero de Anna fue a un pueblo de Chad. Vivió allí durante cinco años y seis meses. Enseñaba a los niños el francés, y también era responsable de la biblioteca de la parroquia, en donde organizó actividades variadas sobre todo para niños.
Una situación que Anna no puede olvidar fue cuando estaba esperando a una mujer en el despacho de la parroquia. La mujer vino y se paró detrás de la puerta. Anna la llamó y le dijo que entrara, pero la mujer no se movió. Anna se extrañó y volvió a llamarla; la mujer entonces dijo que no sabía cómo abrir la puerta porque nunca antes había visto una manilla de puerta. “Me di cuenta de que no debo dar nada por sentado” dijo a partir de entonces.
Después de Chad, fue destinada a Parma (Italia), para ayudar a 12 mujeres que habían sido objeto de trata sexual. Vivió con ellas durante tres años en una casa de acogida. Las mujeres eran de diferentes países: Camerún, Ghana, Malí y Pakistán, pero todas pasaron por el mismo dolor y lucha. En Italia, tuvieron la oportunidad de comenzar una nueva vida y Anna les ayudó. Ella les enseñó italiano y les ayudó a aprender habilidades básicas como cocinar, ir al supermercado o usar el transporte público para moverse por la ciudad.
¿CÓMO EMPEZÓ TODO?
Anna es de un pueblo del norte de Italia. Tiene dos hermanas y un hermano. Después de la secundaria, no fue a la universidad porque tenía que ayudar a sus padres a administrar su pequeña empresa familiar. Trabajó durante diez años en la empresa de sus padres.
África era el destino de verano de Anna. Durante las vacaciones de verano, fue como voluntaria a muchos países africanos, trabajando con niños y mujeres en campos de refugiados. “Ser voluntaria me llenó de satisfacción y me hizo sentirme realmente en contacto con la gente”, dijo Anna. “Me hizo útil”.
Sin embargo, un verano cambió su vida para siempre. Anna tenía 25 años cuando estaba en un avión de regreso a Italia después de pasar un mes como voluntaria en un orfanato en Uganda. No podía dejar de pensar en los niños. Ella se dijo: “Me casaré y adoptaré niños. Pero eso no es suficiente. Quiero dar mi vida por los demás por completo”. Anna tenía novio. Llevaban dos años juntos. Se habían conocido en un campamento de verano. Su pasión por el voluntariado los unió. Ella lo amaba y siempre pensó en casarse con él, compartir la vida juntos y adoptar niños para formar una familia, pero después de Uganda algo cambió. La idea de casarse y tener familia ya no la satisfacía. Sentía que quería dedicarse a ayudar a todos y estar “disponible” para todos. Sabía que no podía hacer eso teniendo una familia sola. Se aferró a estos pensamientos y sentimientos y siguió procesándolos por sí misma hasta que supo con certeza lo que quería, y llegó el momento de confesárselo a su novio. La ruptura no fue fácil para ninguno de los dos, pero terminaron en buenos términos. Treinta años han pasado desde ese día. Todavía son amigos.
SOLO QUERÍA AYUDAR
Anna no sabía exactamente cómo haría realidad su objetivo. Simplemente sabía que quería ayudar a tantas personas como fuera posible. Un día, por casualidad, encontró una revista que hablaba de las misioneras javerianas. Las llamó para pedir más información y quiso conocerlas en persona. Cuando las visitó por primera vez, se sintió intimidada por lo grande y seria que era la comunidad. La invitaron a participar a unas reuniones para jóvenes interesadas en saber más sobre la vida misionera. Y fue.
Lo que atrajo a Anna a la vida de las Misioneras Javerianas fue que estaban abiertas a todos. El objetivo de la comunidad era ayudar a los marginados, independientemente de su religión, cultura y origen. Así comenzó a asistir a las reuniones dominicales y pronto decidió que quería ser misionera.
Los padres de Anna no estaban contentos con su decisión, especialmente su papá, quien dejó de hablarle hasta el día en que se fue de la casa. “Fue mi hermana pequeña y su prometido quienes me llevaron a Parma. De repente nos detuvimos. Cual fue mi sorpresa cuando vi a mi mamá y a mi papá que se unieron a nosotros en este camino a Parma”. No podían dejar que su hija se fuera sin despedirse y así le decían que aceptaban su decisión.
AHORA MISIONERA EN LOS ESTADOS UNIDOS
“Ella es tan amable y acogedora. Cada lunes, cuando escucho su voz, no estoy bromeando, mi día cambia”, dijo Lisa Devine, compañera de trabajo de Anna en el mercadillo.
Anna es una mujer que está en forma, con el pelo plateado, cortado al estilo de un chico y ojos marrones. Parece tener unos 40 años, cuando en realidad está a punto de cumplir 54. La hermana javeriana se despierta todos los días a las 5’20 de la mañana, toma café, sale a caminar y luego se dirige a misa.
La hermana no lleva el tradicional uniforme de monja. Va vestida con pantalones negros, una sudadera verde oliva, zapatillas de deporte gris oscuro y una hermosa bufanda de lana tejida multicolor.
Anna lleva cinco años en ese país. Actualmente vive con otras cuatro hermanas en su casa javeriana de Worcester, en Massachusetts.
Anna pensaba que siempre había sido una persona abierta y sin prejuicios, pero se dio cuenta de que todavía le quedaba un largo camino por recorrer después de convertirse en misionera. “Cada día es un desafío”, dijo. “Te pide estar más atenta y tener una mirada que mire más allá de lo que ves”.
Anna recibió recientemente la noticia de que abandonará los Estados Unidos muy pronto. Todavía no sabe a qué lugar del mundo será destinada para vivir su nueva misión. Sin embargo, está emocionada por su nuevo destino. Pero primero, regresará a su casa en Italia para pasar un tiempo con su familia. No ha estado allí desde hace más de cinco años. Luego comenzará su misión en un lugar nuevo donde pueda dar, ayudar y amar nuevamente.
