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Jesús Sánchez García 03 Octubre 2026 98

Entrégate


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Hay viajes que se graban en el pasaporte, pero hay otros que se graban en el alma. Mi primera experiencia misionera me llevó a Tattouine, en Marruecos

​Un lugar que no aparece fácilmente en los mapas, pero diría que se queda dibujado para siempre en la memoria de quien lo visita.

​Tattouine es un lugar que te obliga a bajar las revoluciones y a conectar con lo esencial, donde la Iglesia no llega para imponer sino para acompañar con su presencia silenciosa y servicio desinteresado. Al estar en pleno corazón del Atlas, la experiencia allí no es solo "ayuda", es convivencia pura en un entorno donde el paisaje es tan imponente como la sencillez de su gente.

​Aunque el árabe y el francés eran barreras al principio, descubrí que el servicio es un lenguaje universal. Una mano en el hombro, una mirada de comprensión o un juego en la calle con los niños comunicaba más que mil palabras.

​Marruecos es un país donde la fe impregna cada rincón; su hospitalidad es inmensa. Aprendí que un vaso de té es un rito sagrado. Detrás de cada invitación a una casa humilde, descubrí la caridad: dar lo poco que se tiene con una sonrisa que no conoce fronteras.

​El apoyo escolar fue el puente que me permitió entrar de lleno en la realidad de su gente. Los niños, con esa energía inagotable a pesar de las distancias que recorren, me enseñaron que la educación es un tesoro por el que vale la pena esforzarse. Ellos fueron mis maestros en paciencia y alegría; ver sus cuadernos abiertos bajo la luz clara de la montaña me recordó que no hace falta tecnología punta para encender la chispa del aprendizaje.

​Me fui de Tattouine con los pulmones llenos de aire puro y el corazón lleno de nombres y rostros, comprendiendo que el bien y el mal no tiene religión, ni nacionalidad... y entendiendo que el tiempo no se mide en horas, sino en vasos de té compartidos y que muchas veces, para ayudar a alguien a subir, solo hace falta estar dispuesto a caminar a su lado.

​La segunda parte del viaje fue la visita al Monasterio de Notre-Dame del Atlas. Un lugar dedicado a la oración intensa y donde domina un silencio reparador.

​En su interior no encuentras debates teológicos; hay convivencia pura, asentada en el respeto mutuo de quienes llevan décadas compartiendo la misma tierra. Es común ver a vecinos musulmanes colaborando en los huertos, en la hospedería o compartiendo un té con los monjes. El Monasterio alberga el memorial dedicado a los Monjes de Tibhirine, lo que te hace entender la vocación de este lugar.

​Esta fue mi primera experiencia de misión y oración, pero la lección de humildad me durará toda la vida y la certeza de que Dios habla todos los idiomas.

Jesús Sánchez García 

 

Benamejí, 2 de octubre de 2026

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