Educar el Corazón: Guido María Conforti
La celebración javeriana del 5 de noviembre en que se hace memoria de san Guido María Conforti, fundador de los misioneros javerianos, nos lleva a sus escritos, en concreto, a un texto inspirador para hacer nuestro el proceso de conversión al cual todos estamos llamados. El número 7 del XVII Capítulo General de los Misioneros Javerianos, celebrado hace poco más de un año, dice: “Las repetidas interpelaciones del Papa Francisco sobre la misión y la misionariedad, nos invitan a colaborar con un proceso de “metanoia eclesial” (cfr. RMi 49), por otra parte, nos invitan a admitir que también nosotros como toda la Iglesia, necesitamos una profunda conversión. En efecto, tenemos que reconocer que no nos encontramos ya en una posición de vanguardia, sino que estamos siendo desafiados por el magisterio pontificio a reexaminar nuestra visión, nuestro modo de ser, nuestra espiritualidad y nuestros proyectos. También nosotros, por lo tanto, necesitamos “una fuerte sacudida que nos impida instalarnos en la comodidad, el estancamiento y la tibieza[1], en términos de “un decidido proceso de discernimiento, purificación y reforma (EG 30)”.
El texto subraya la necesidad que tenemos de una “profunda conversión”, aunque referida a nuestra misión, ésta hunde sus raíces en el corazón de cada uno. Cuando Conforti habla de conversión de inmediato habla del corazón. Es uno de los ejes de su espiritualidad interior que invita a educar el corazón.
“No se conoce la propia vida si no se conoce el corazón, no se hace uno dueño de sí mismo si no ha dominado su propio corazón, porque la vida va donde el corazón la conduce. Los problemas más grandes que la humanidad tiene frente a sí son los problemas del corazón, porque los demás no nos traen tantas tempestades y no son motivo de tantas angustias. Igualmente, en mi vida privada los problemas más graves son los que surgen en mi corazón, y me encuentro en paz cuando mi corazón está libre, estoy contento cuando mi corazón es bueno; las grandes amarguras de la vida provienen de las heridas y desviaciones del corazón. Pero en el corazón hay dos aspectos distintos que hay que considerar, porque a veces es fuente de bien incomparable, y en otras es un detestable artífice del mal. Nada existe más grande y más bello que las obras del corazón, cuando es bueno; nada hay más bajo y deshonroso que los caprichos abyectos del corazón cuando se vive de mala manera. Y ya que el corazón es un instrumento admirable de bien, es necesario no apagar, sino alimentar su llama benéfica; pero, ya que puede convertirse en un terrible agente del mal, es necesario sujetarlo con pulso firme y vigilante por el temor de que se pierda. Los movimientos espontáneos de un buen corazón son: la compasión, la benevolencia, la devoción y la amistad” (San Guido María Conforti ,1917-1925, Luces e inspiraciones escritas durante los retiros y ejercicios FCT 20, 185-186).
Educar el corazón es pues una invitación confortiana oportuna cuando se trata de conversión. Además, lo sabemos, esta no depende de nosotros, el deseo tampoco, sin embargo lo que sí depende de nosotros es acoger esta llamada de Dios a la conversión y docilidad para dejarnos hacer. Lo que no siempre es fácil y sin embargo sí necesario para nuestra felicidad. Un corazón misionero que desea anunciar a Cristo a aquellos que aún no han tenido la gracia de encontrarle educa su corazón.
San Guido María Conforti, padre de misioneros, intercede por nosotros.
Rolando Ruiz Durán sx
[1] Benedicto XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones (2012)
