
Estas dos fichas de formación nos acercan a la vida, la misión y la profunda espiritualidad de San Pablo, un referente esencial para entender el cristianismo y su expansión más allá de las fronteras culturales y religiosas. A través de sus experiencias y reflexiones, Pablo se convierte en un modelo de conversión, entrega y pasión misionera al servicio de Cristo.
La primera ficha, “Inculturación, tarea de siempre”, nos invita a reflexionar sobre cómo el Evangelio ha de encarnarse en cada cultura, transformándola desde dentro sin imponer uniformidad. Desde los primeros pasos de la Iglesia, la misión ha implicado superar fronteras, aprender nuevos lenguajes y construir unidad en la diversidad, guiados siempre por el Espíritu Santo.
La segunda ficha, “Pablo de Tarso, misionero por Cristo”, se centra en la figura del apóstol de las gentes, su proceso de conversión y su entrega total a la misión evangelizadora. Nos acerca a su visión de la cruz como sabiduría y potencia de Dios, su teología al servicio de la misión y su compromiso con las comunidades cristianas, a las que acompañó con amor y dedicación.
Ambas fichas nos invitan a mirar el ejemplo de Pablo para renovar nuestro compromiso misionero, aprendiendo a dialogar con el mundo desde el Evangelio y a construir comunidades vivas, abiertas y testigos del amor de Cristo.
Fichas
El P. Arrupe siendo superior general de los jesuitas definió la inculturación en los términos siguientes: "es la encarnación de la vida y del mensaje cristiano en un determinado contexto cultural, de tal forma que esta experiencia no sólo encuentra expresión a través de los elementos propios de la cultura en cuestión, esto sería una adaptación superficial, sino que también se convierte en un principio que anima, dirige y unifica la cultura transformándola y rehaciéndola como si naciese una nueva creación".
Desde el principio, desde la primera generación de cristianos el evangelio tuvo que inculturarse, ser predicado con distintos ropajes culturales. Con S. Pablo el mensaje evangélico pasa de un continente a otro -de Asia a Europa- de una cultura a otra. Si Jesús predica la Buena Nueva con las categorías culturales propias de su pueblo judío, los primeros discípulo, al predicar a Jesús -convertido en Buena Nueva- tienen que aprender a hacerlo, al menos algunos, con otras categorías y otro lenguaje saliendo de su mundo judío para adentrarse en otro, conocido ya por algunos de ellos, el mundo grecorromano. Existía entonces el judaísmo llamado de la diáspora, comunidades judías existentes en diferentes ciudades del Imperio romano, algunos cristianos provenían de este judaísmo más abierto y cosmopolita. De hecho, Pablo cuando llegaba a una ciudad para anunciar el evangelio se dirigía en primer lugar a las sinagogas y a los prosélitos porque allí encontraba –creía encontrar- un terreno ya preparado y bien dispuesto.
Unidad en la diversidad
Los Hechos de los Apóstoles nos relatan el primer Concilio de la historia, el Concilio de Jerusalén, un encuentro fraterno de responsables de comunidades, en él todos intentan dejarse guiar por la luz y sabiduría del Espíritu. El encuentro del evangelio con la cultura griega había provocado las primeras tensiones con los cristianos más ortodoxos y rígidos provenientes del judaísmo y era necesario distinguir lo esencial, lo irrenunciable, aquello sin lo cual el evangelio no era el de Jesús y la fe no era cristiana, distinguirlo de lo secundario, de aquello que pertenecía a tradiciones del Antiguo Testamento, costumbres judías más o menos respetables pero que un cristiano originario de otro horizonte cultural no tenía porque seguir o no le tenían que ser impuestas porque de lo contrario se oscurecería algo básico: que quien nos salva es Jesucristo, la fe en él y no el cumplimiento de la ley (hablamos de la ley religiosa judía o veterotestamentaria). Fue un ejercicio de fraternidad profunda, de colegialidad real. Pablo se convierte en el firme defensor de la libertad cristiana tan bien reflejada en su carta a los Gálatas. De esta manera aprenden a distinguir la unidad de la uniformidad, buscan la unidad en la diversidad, lo cual a veces es un milagro, sólo posible gracias al Espíritu.
Encontramos en los Hechos de los Apóstoles un texto muy significativo y revelador, se trata de la visión del macedonio: (Hch 16, 6-10). En él aparece con toda claridad que el gran protagonista de la misión es el Espíritu Santo, no es iniciativa del evangelizador, sino más bien del que va a ser evangelizado que pide que se le anuncie y muestre ese gran tesoro que es Jesucristo: "¡Pasa a Macedonia y ayúdanos!", dice el macedonio. El Espíritu llama desde la otra orilla, ese Espíritu que había preparado desde siempre los corazones de los que iban a recibir a Cristo. Y Pablo dócil y obediente atraviesa la frontera.
“Conversión” de Pedro
La inculturación tiene que ver, por tanto, con la superación de fronteras, con la aceptación de la pluralidad, con la renuncia explícita a querer imponer a los otros (pueblos, comunidades, iglesias locales) la propia identidad, con la renuncia a toda actitud etnocéntrica. Ya en el relato de Cornelio (Hch 10) –primer pagano que entra en la comunidad cristiana- Pedro se ve obligado a cambiar sus esquemas, a relativizar ciertas prácticas de su anterior credo judío. En realidad quien fuerza a Pedro, quien lo convierte es el Espíritu. De nuevo el Espíritu el protagonista. Se opta por el universalismo rompiendo los estrechos límites del judaísmo.
En Pentecostés, la Iglesia nace misionera, acoge y acepta la pluralidad de lenguajes, todos son útiles y necesarios para proclamar y acoger las maravillas del Señor. Todos están llamados a enriquecer el rostro de la Iglesia. De esta forma, guiada por el Espíritu, la Iglesia está al servicio de la unidad, una unidad respetuosa que no anula diferencias sino que enriquece. Sólo el Espíritu es capaz de recrear la comunión entre culturas y pueblos diferentes. Y la Iglesia quiere ser el signo y sacramento de esta unidad y comunión.
Un caso bonito y ejemplar de inculturación es la fiesta de la Navidad. No podemos saber la fecha exacta del nacimiento de Jesús, tampoco interesa demasiado para el contenido y valor de nuestra fe; los evangelistas no lo mencionan y tampoco les interesa puesto que no escriben biografías de Jesús sino testimonios creyentes, lecturas de la vida, ministerio y obra salvadora de Jesús desde la fe. Están escritos desde la experiencia pascual, tras la Resurrección de Jesús y con la luz que ésta proyecta sobre el ministerio histórico de Jesús.
Sabiduría pastoral
Fue en el siglo IV, tal vez en el año 345, cuando se proclamó el 25 de diciembre como fecha de la Navidad. La Iglesia que salía de las catacumbas y de siglos de persecución supo –con gran inteligencia y sabiduría pastoral- “apropiarse” de una celebración pagana preexistente que celebraba el solsticio de invierno (en le hemisferio Norte que era donde vivía entonces la Iglesia). Los días se alargaban, el sol comenzaba a brillar con más intensidad, la luz –vencedora- se hacía fuerte, y la vida renacía. En el Norte de Europa existía una celebración con parecido significado: se quemaban grandes troncos adornados en honor de los dioses para que el sol brillara con más fuerza. La Iglesia se apropia de la fecha cambiando completamente el contenido: el verdadero Sol, la verdadera Luz es Jesús, el único Salvador. Se decidió entonces celebrar su nacimiento el día 25 de diciembre. Todo un acierto y una prueba de saber estar presente en medio de una sociedad y de una cultura. (Sirva este ejemplo para “cerrar la boca” a tanto testigo de Jehová agresivo e ignorantón que acusa a la Iglesia Católica de “mentir” en lo relativo a la fecha del nacimiento de Jesús. No hay ninguna mentira en este asunto para quien conoce la historia y el significado de los evangelios).
Muchas culturas son anteriores al evangelio, han nacido y se han desarrollado antes y al margen del cristianismo, no necesitan del evangelio. Sin embargo, el evangelio sí necesita de las culturas para expresarse con un determinado lenguaje, necesita un soporte cultural para ser más significativo, más elocuente en el corazón de quien lo escucha y se abre a él. El evangelio no tiene una cultura propia, pero está llamado a expresarse en todas y en todas puede ser vivido.
La inculturación no es un descubrimiento reciente –la palabra tal vez, pero no la realidad- es una realidad de siempre, un proceso permanente porque las culturas son realidades dinámicas que evolucionan, y cambian los contextos sociales en los que el evangelio es anunciado; el evangelio interpela siempre cada cultura que se abre a él, por eso la inculturación es también la respuesta a esa interpelación y la primera responsable de este proceso de inculturación es la Iglesia local. Antes es necesario proclamar el evangelio de manera inteligible y significativa a los miembros de cada comunidad humana, con signos que hagan creíble el anuncio del Reino de Dios.
TEXTOS
“Como « la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros » (Jn 1, 14), así la Buena Nueva, la palabra de Jesucristo anunciada a las naciones, debe penetrar en el ambiente de vida de sus oyentes. La inculturación es precisamente esta penetración del mensaje evangélico en las culturas. En efecto, la Encarnación del Hijo de Dios, por ser total y concreta, fue también encarnación en una cultura específica”. (E Af 60)
“Al desarrollar su actividad misionera entre las gentes, la Iglesia encuentra diversas culturas y se ve comprometida en el proceso de inculturación. Es ésta una exigencia que ha marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente ayuda y urgente… Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión”. (RM 52)
PREGUNTAS
- Hechos de los Apóstoles, 10. El responsable de la Iglesia es forzado por el Espíritu a superar sus barreras interiores… desconcierto de algunos creyentes ante las sorpresas del Espíritu.
- Hechos, 15. Pedro, Pablo, Santiago, sensibilidades distintas, pero todos caminando en la misma dirección, la que marca e ilumina el Espíritu: universalismo, apertura… la fe en Jesús nos salva.
- Gálatas 5 y 6. La libertad al servicio del amor, de la fraternidad, del crecimiento comunitario… libertad iluminada por el Espíritu. Libertad solidaria no egoísta.
VIDA DE PABLO
Saulo nace hacia el año 8-10 d.C. en Tarso, en el territorio de la actual Turquía, que en aquel tiempo era una ciudad de unas 300.000 personas y contaba con una escuela de filosofía estoica muy conocida. De origen judío y a la vez ciudadano romano. Crece en Jerusalén, según sus propias afirmaciones, y estudia en la escuela de Gamaliel. Se nota que está abierto a la cultura circundante pues conoce bastante el griego (aunque no tanto como para que el pensamiento griego le influencie decisivamente). Al inicio de su vida ha tenido comportamientos agresivos hacia los cristianos y él mismo se autodenomina “perseguidor”. Esta actitud cambia tras su experiencia de conversión, acaecida hacia el año 35. A partir de ese momento transforma su nombre por el de Pablo y pasa por tres periodos:
- Recibida la formación cristiana, se integra en la comunidad ya existente de Antioquía de Siria.
- La misma comunidad de Antioquia lo envía en misión a los paganos.
- Como misionero autónomo da vida a numerosas comunidades en Asia Menor y en Grecia, hasta que es detenido y llevado a Roma, donde morirá de forma violenta hacia el año 60-62.
Pero, antes de seguir adelante, ¿qué ocurre para que se convierta?
LA CONVERSIÓN
Pablo no describe su conversión de forma biográfica, sino dándole su sentido profundo. Su conversión es el paso de la confianza en sí mismo al encuentro con Cristo, Hijo de Dios y mediador de la salvación para todos. La renuncia de Pablo a sus raíces, de las que se enorgullecía tanto, no se debe a un amor místico por la privación, sino al descubrimiento de Cristo. Antes de ese momento Pablo buscaba cumplir la Ley judía para llegar a la justicia, pero cuando se encuentra con Cristo descubre a la vez su limitación y la centralidad de la gracia de Dios. Se siente atrapado por el amor de Cristo, llevado al extremo en una cruz, y lo que para Pablo era ganancia se convierte en pérdida. Ya no está en el centro de su vida el esfuerzo por la perfección sino la atracción que en él ejerce la cruz de Cristo.
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, Lucas nos describe hasta tres veces la conversión de Pablo (capítulos 9, 22 y 26) ¿Por qué esta insistencia? Porque es un momento clave para comprender quién es Pablo, pero también porque al parecer tras su muerte fue muy discutida la aportación de Pablo por los judaizantes y este recalcar su conversión ayuda a darle autoridad a su persona. En todo caso, aunque Lucas nos relate tres veces ese momento nos queda siempre la impresión de que lo esencial, que es el proceso interior de Pablo, no se nos explica.
ANTROPOLOGÍA Y TEOLOGÍA DE PABLO
Pablo ve a la persona como sujeto en relación con Dios, con los otros y con el mundo, animado por el Espíritu. El don recibido del amor de Cristo, que da su vida en cruz por nosotros, se vuelve tarea apremiante: requiere nuestra participación consciente en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, un continuo morir al mal para vivir a Dios en la gracia y el amor. Toda persona se vuelve preciosísima al ser “un hermano por el que Cristo ha muerto” (1 Cor 8,11), y así también Pablo está dispuesto a morir por él.
En realidad, la vida es una carrera en la cual hemos sido atrapados por Cristo. Pablo cree haber corrido bien esa carrera y haber llegado a la meta, en espera del premio que el Señor le dará (2 Tim 4,6-8).
Pablo no puede desligar su teología de la misión y de la atención pastoral: su teología está en función de ambas, es incluso una forma concreta de su acción misionera y pastoral. Pablo es un teólogo “en movimiento”, no es sistemático ni un teólogo de laboratorio porque él elabora su teología según las situaciones que encuentra y ante las que tiene que dar una respuesta. Por eso, no sólo es importante saber bien lo que quiere decir en cada texto, sino que nos interesa saber qué está haciendo Pablo cuando formula sus afirmaciones. En ese sentido su teología ni es perfecta ni completa, saca fuera de contexto frases de la Escritura o las emplea de forma inapropiada. El tema de la mujer es un buen ejemplo de ello: no resulta claro, a veces parece contradecirse y no haber incorporado plenamente la novedad del Evangelio. Y es que este tema es polémico en su tiempo, y lo sigue siendo entre los estudiosos del contexto de Pablo. Parece que el mismo Pablo provoca tal polémica en su momento con su la afirmación de la igual dignidad de la mujer y del hombre en Cristo Jesús (Gal 4,28) que en sus siguientes cartas silencia este binomio de la igualdad hombre-mujer ante las presiones y críticas recibidas.
LA PALABRA DE LA CRUZ
Pablo está fascinado por la cruz de Cristo. Ve el camino que ha llevado a Jesús hasta ese punto y lo ha seguido. Así, dice: “Cristo me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí” (Gal 2,20b). Y añade: “He sido crucificado con Cristo y ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20a). Ve con alegría que su camino de apóstol se configura con el de Cristo.
Para Pablo, la muerte en cruz de Cristo no es una experiencia dolorista, y tampoco un modelo de resignación, sino sabiduría y potencia de Dios, aunque a nuestros ojos resulte locura y debilidad. Esto lo dice Pablo en 1 Cor 1,18-24 en un contexto polémico con otros predicadores cristianos de elocuentes palabras pero que no presentaban la cruz de Cristo.
Con su visión de la cruz de Cristo, Pablo supera cuatro peligros:
- La cruz como ley antigua, como sufrimiento inevitable. No es así en Pablo, pues cuando Pablo menciona la cruz lo hace siempre en referencia a la cruz de Cristo.
- La exaltación de la cruz como positiva, deseable. Para Pablo, lo que da sentido a la cruz es el amor de Cristo llevado al extremo.
- La consideración de la cruz como trámite para la resurrección esperada. Pablo no minusvalora el drama del Calvario.
- La cruz como signo de potencia y de victoria en la sociedad humana. Para Pablo, si la cruz supone una victoria, lo es como máxima expresión del amor de Dios por la humanidad.
El mismo Pablo, portador de este mensaje de la cruz, se presenta débil y tembloroso ante el mundo para que así resulte más evidente la fuerza de Dios.
Esa debilidad que Pablo afirma no significa dejarse llevar por al pereza o la ignorancia, o incluso la dejadez. No, busca los mejores medios para anunciar el Evangelio, a tiempo y a destiempo, pero como en una muerte: la fe no es el resultado de nuestras estrategias sino un don de Dios.
EL APÓSTOL Y PRISIONERO POR CRISTO
Pablo se siente esclavo de Cristo, incluso prisionero suyo, y su ser evangelizador no es por tanto una opción cualquiera sino un imperativo interior al que no puede escapar. Libre como es, Pablo se hace esclavo de todos.
Pablo es apóstol también para su propia evangelización, para participar él también de los dones de Cristo.
Mientras hay otros “super-apóstoles” que se hacen mantener o al menos retribuir por la comunidad, Pablo prefiere trabajar con sus manos (teje tiendas de lona) para no ser un peso para nadie. Aunque reconoce que tendría derecho a una remuneración material, prefiere no recibirla para no poner obstáculos al Evangelio. Para Pablo su ganancia son las mismas personas que evangeliza y el mismo hecho de predicar gratis el Evangelio.
Pablo habla en su carta a los Romanos del apostolado como de una liturgia: el apostolado es como una eucaristía celebrada en el mundo, que transforma a las personas en ofrenda agradable a Dios. En el fondo, para Pablo toda vida cristiana es esa liturgia.
Pablo vive la misión como una oportunidad para generar vida nueva. Hacer nacer la vida es satisfactorio, pero a la vez conlleva sufrimientos. A la vez, Pablo se reconoce generado, renacido por el apostolado de otros con él y por las comunidades que encuentra.
Conocemos a Pablo como “el apóstol de los gentiles” porque hace la opción de anunciar a Jesús fuera de los ambientes judíos, sobre todo cuando los cristianos empiezan a ser mal recibidos en los ambientes judíos. En el concilio de Jerusalén (hacia el año 49) es quien con más vehemencia defiende la admisión de las personas de cultura griega en la Iglesia sin necesidad de que pasen por los ritos judíos. Su aportación y la buena aceptación del Evangelio fuera de los ambientes judíos resultan claves para que toda la Iglesia acepte esta orientación y se abra a otras culturas.
COMUNIDADES Y COLABORADORES
Pablo trabaja en la evangelización junto a muchos colaboradores. Con el que forma equipo primero es con Bernabé, y después viaja con Silas. Aparecen otros muchos nombres de colaboradores y colaboradoras en sus cartas (mención especial merecen Priscila y Aquila). En todo caso, Pablo es consciente de que su misión es una misión en Iglesia. Aunque a veces tenga que estar solo físicamente, sabe que entre todos construyen sobre el cimiento que es Cristo. También Pablo, por su carácter un tanto explosivo, se gana adversarios. Pero Pablo señala como sus más grandes adversarios aquellos que viven como enemigos de la cruz de Cristo.
La consecuencia lógica del Evangelio acogido es que surjan comunidades cristianas. Pablo no sólo las organiza, sino que también las visita o, desde la distancia, envía cartas para acompañar su crecimiento. Se siente padre-madre de esas comunidades, algunas fundadas por él. Esa relación es recíproca: se ofrece, reza por las comunidades, y a la vez recibe de ellas sustento y pide oraciones. Pero no hay dependencia, es una relación en el Señor. Esas comunidades que han recibido a Jesús tienen la obligación (otra vez el imperativo interior) de devolver a Jesús al mundo, no pueden encerrarse en sí mismas. Pablo no se siente “atado” por las comunidades que él ha fundado: sigue su camino, viendo nuevas posibilidades de anunciar a Jesús allí donde aún no es conocido.
Pablo utiliza la imagen del cuerpo, una imagen ya presente en el mundo greco-romano pero que Pablo adapta a su fe añadiendo que la comunidad no sólo es un cuerpo, sino que se trata del cuerpo de Cristo.
