El tema de la luz ocupa el centro de la liturgia de este cuarto domingo de Cuaresma. El Evangelio nos cuenta el episodio de un hombre ciego de nacimiento, al que Jesús le devuelve la vista. Este signo milagroso es la confirmación de la declaración de Jesús que dice de Sí mismo: «Soy la luz del mundo», la luz que ilumina nuestras tinieblas. Así es Jesús, irradia su luz en dos niveles, uno físico y uno espiritual: primero, el ciego recibe la vista de los ojos y, luego, es conducido a la fe en el «Hijo del hombre», es decir, en Jesús.
El ciego curado, que ahora ve, sea con los ojos del cuerpo que con los del alma, es una imagen de cada bautizado que, inmerso en la Gracia, ha sido arrebatado a las tinieblas y puesto bajo la luz de la fe. Pero no es suficiente recibir la luz: hay que convertirse en luz
Ciegos son también quienes juzgan y se dejan llevar por las apariencias sin pasar al corazón, donde se juega la verdad más honda de nuestro ser y hacer. Ciegos son quienes no se fían de nada ni nadie que no esté de acuerdo con su pensamiento. Ciegos quienes se creen superiores y no pueden aceptar la verdad que les llega de los empobrecidos. Ciegos son quienes no quieren ver, porque, además de exigir esfuerzo, exige también mirarse al propio interior, y confrontarse consigo mismo. Ciegos quienes deforman interesadamente la realidad. Ciegos quienes tienen actitudes inamovibles, los amigos de las tinieblas, quienes se esconden de la luz… Ciegos son los que no pueden ver porque otros se lo impiden… y, también, quienes creen que ven, acostumbrados a la penumbra de la poca luz, incapaces de abrir las ventanas para que entre la luz del día. El evangelio de hoy es buena oportunidad para querer recobrar la vista, para desearlo, para hacernos hijos e hijas, testigos de la luz. Parte de nuestra vida nos la pasamos evitando la luz, con miedo a abrir los ojos y ver la realidad, también la nuestra personal. Porque eso nos haría conscientes de que necesitamos cambiar.
COMENTARIOS
José Luis Sicre: El caso del testigo condenado. El domingo pasado, Jesús saciaba la sed de la samaritana. Este domingo da la vista a un ciego. El próximo resucitará a Lázaro. Agua, luz y vida son tres grandes símbolos del cuarto evangelio para expresar lo que Jesús nos da.
Enrique Martínez Lozano: Queremos ver. El episodio del ciego de nacimiento sería una metáfora de nuestro propio proceso: nacemos “ciegos” y nos vemos conducidos a rechazar la novedad prefiriendo volver a los caminos trillados.
José Antonio Pagola: Caminos hacia la fe. Solo escuchando a Jesús y dejándonos conducir interiormente por él vamos caminando hacia una fe más plena y también más humilde.