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Robertus Kardi 29 Agosto 2025 1184

“ Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos ”


En este domingo (Domingo XXII del Tiempo Ordinario, C), el Evangelio nos presenta a Jesús en una escena cotidiana pero profunda: una comida en casa de un fariseo. Allí, Jesús observa cómo los invitados se apresuran por ocupar los primeros puestos. Y entonces, como suele hacer, aprovecha la ocasión para enseñarnos algo mucho más profundo que simplemente normas de buena educación.

Jesús nos habla hoy de la humildad y la gratuidad. Dos palabras que pueden parecer sencillas, pero que contienen una sabiduría muy contracultural. En un mundo que nos exige ‘ser los mejores’, buscar reconocimiento y ocupar los primeros puestos, Jesús nos invita a hacer lo contrario: a ponernos humildemente en el último lugar, a no buscar aplausos ni actuar movidos por intereses personales.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido”, nos dice Jesús. No es solo una frase bonita o una simple advertencia moral, sino una invitación profunda a vivir desde la verdad de quienes somos: criaturas necesitadas de Dios, hermanos y hermanas unos de otros, no rivales ni competidores. Solo cuando dejamos a un lado el orgullo y la vanidad, podemos abrirnos al amor auténtico que transforma y une.

Jesús no condena que participemos en eventos sociales, ni que tengamos aspiraciones. Pero sí cuestiona la motivación interior: ¿para qué lo hacemos? ¿Por prestigio, por interés, para que nos devuelvan el favor? O lo hacemos simplemente por amor, por servir, por compartir.

En la segunda parte del Evangelio, Jesús va aún más lejos: nos invita a hacer el bien sin esperar nada a cambio. Dice: “Cuando des una comida, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos”. Es decir, abre tu casa, tu mesa, tu corazón a los que no tienen nada que darte a cambio. Porque ahí, en ese gesto desinteresado, es donde tu fe se vuelve real y viva.

Y eso es precisamente lo que Dios ha hecho con nosotros. Nos ha invitado a su mesa, aunque no teníamos méritos, aunque no podíamos devolverle el favor. Nos ha amado primero. Y nos sigue amando sin condiciones. La recompensa más grande no es un aplauso o un reconocimiento humano, sino la paz profunda de saber que estamos viviendo como verdaderos hijos e hijas de Dios.

 

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