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Robertus Kardi 29 May 2026 540

“Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito...”


La solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita a contemplar el gran misterio de Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son tres dioses distintos, sino un solo Dios que vive en perfecta comunión de amor. Y aunque este misterio nos cuesta comprenderlo del todo, no está lejos de nuestra vida. Al contrario, habla directamente de lo que más necesita el corazón humano: amor, compañía, comunión, entrega y esperanza. El Evangelio de este domingo nos ayuda a acercarnos a este misterio a partir de la experiencia del amor de Dios.

Jesús nos dice: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”. Estas palabras son como una ventana abierta al corazón de Dios. A veces pensamos que Dios está lejos o indiferente a nuestros problemas. Pero Jesús nos revela un Padre que ama profundamente a cada persona, a cada uno y cada una de nosotros. Un Padre que conoce nuestra vida: nuestro camino, nuestra alegría, nuestras dificultades y nuestros cansancios. Dios no ama al mundo “en general”; ama a cada hijo suyo personalmente. Ama al que está alegre y al que está cansado o triste. Ama al que tiene fe profunda y también al que duda. Ama incluso al que se siente indigno o lejos de Él.

Y ese amor se hizo carne y habitó entre nosotros. El Padre “entregó” a su Hijo. Eso significa que Dios decidió acercarse completamente a nosotros. En Jesús, Dios tomó un rostro humano, camina con nosotros, nos acompaña. Jesús entiende nuestra vida porque la vivió. Por eso, cuando alguien se siente solo, puede mirar a Cristo y descubrir que Dios no observa desde lejos. Dios es compasivo, camina con nosotros.

Y todo esto revela el corazón de Dios, que nos llama a vivir en comunión con Él y a hacernos partícipes de su vida eterna. Pero la vida eterna no comienza solamente después de la muerte; comienza ya, cuando abrimos nuestro corazón a Dios y acogemos su amor.

Hay personas que, aunque tengan muchas cosas, viven vacías por dentro; y otras que, aun en medio de las dificultades, tienen paz y esperanza porque viven unidas a Dios. Esa es la vida nueva que Jesús viene a regalarnos: una vida con sentido, una vida en la que sabemos que no caminamos solos… Cuando una persona descubre que Dios la ama de verdad, algo cambia en su interior. Cambia su manera de mirar la vida, de enfrentar el dolor y de tratar a los demás.

El Evangelio continúa diciendo: “Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Qué importante es escuchar esto hoy… Muchas personas viven su fe con miedo: miedo a un Dios que castiga. Pero Jesús viene a mostrarnos otra cosa: Dios es bueno, compasivo y misericordioso. Dios quiere levantarnos cuando caemos, como un padre que ayuda a su hijo a ponerse de pie cuando se equivoca. Es verdad que el pecado hace daño y trae consecuencias, pero Dios nunca deja de buscarnos. Nunca se cansa de esperarnos. El problema no es que Dios nos cierre la puerta; muchas veces somos nosotros quienes cerramos el corazón.

Aunque en este Evangelio no se menciona directamente al Espíritu Santo, Él está presente en todo este misterio de amor. Es el Espíritu Santo quien toca nuestro corazón y nos ayuda a creer. Él nos da fuerza cuando estamos débiles, nos consuela en el dolor y nos anima a seguir adelante cuando sentimos que ya no podemos más… Cuántas veces una persona encuentra paz en medio de una dificultad, o siente deseos de perdonar cuando parecía imposible. Ahí está actuando el Espíritu Santo. Él es la presencia viva de Dios en nosotros. No lo vemos con los ojos, pero podemos sentir su acción cuando nacen en nuestro corazón la paz, la fe, la paciencia y el deseo de hacer el bien.

Entonces entendemos mejor que la Santísima Trinidad no es un misterio lejano. Dios no es soledad. Dios es comunión, encuentro, relación eterna de amor. El Padre ama al Hijo, el Hijo responde a ese amor, y el Espíritu Santo es ese amor vivo y perfecto que los une. Y esto es muy importante para nosotros porque hemos sido creados a imagen de Dios. Si Dios vive en comunión, entonces nosotros también necesitamos vivir en el amor, en la entrega, y en la cercanía con los demás. Por eso el egoísmo, el odio o la indiferencia nos hacen tanto daño, porque van contra lo que somos realmente…La Trinidad nos recuerda que la verdadera felicidad nace del amor compartido… Una familia unida refleja algo de Dios. Una comunidad donde las personas se ayudan refleja algo de Dios. Un corazón que sabe perdonar refleja algo de Dios. Cada vez que construimos paz, paciencia, diálogo, entrega… estamos viviendo el estilo de vida de la Trinidad.

Y nuestra misión como bautizados nace justamente de ahí: estamos llamados a vivir y reflejar en el mundo el amor de la Trinidad. No hemos recibido la fe solo para nosotros mismos, sino para llevar esperanza, paz y amor a los demás. Allí donde hay división, el cristiano está llamado a construir comunión; donde hay tristeza, a llevar consuelo; donde hay odio, a sembrar perdón y misericordia. Porque, cuando amamos de verdad, cuando ayudamos al que sufre y cuando buscamos la unidad y la paz, estamos mostrando el rostro de Dios. Así, nuestra vida se convierte también en una invitación para que otros descubran que Dios es amor y que nunca deja de caminar con nosotros.

 

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