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P. Gianluigi Signori, SX 03 Octubre 2025 1945

Misioneros de esperanza entre los pueblos: con los pies en camino y el corazón en Dios


Madeleine Delbrêl escribió: “La esperanza cristiana nos asigna como lugar esa estrecha línea de cresta, esa frontera donde nuestra vocación exige que optemos, cada día y cada hora, por ser fieles a la fidelidad de Dios para con nosotros”. Dios nos es fiel, nuestra tarea es responder a esa fidelidad.

Pero cuidado: no somos nosotros quienes generamos esta fidelidad, es un don de Dios que actúa en nosotros si nos dejamos modelar por su fuerza de amor, el Espíritu Santo que actúa como un soplo de inspiración en nuestros corazones. Nos corresponde, pues, invocar este don: “¡Señor, concédeme serte fiel en la esperanza!”.

Lidia Maggi, LE DONNE NELLA BIBBIA, in www.notedipastoralegiovanile.it

En el prefacio del libro el Papa Francisco escribe "La esperanza es una luz en la noche" (12/2024).

Hablando de zapatos y sandalias …

Un saludo de todo corazón a todas y a todos.

El título de lo que comparto con vosotros, me ha venido casi de inmediato cuando mis hermanos javerianos me han pedido animar estos primeros quince minutos.

Acabo de leer un libro que lleva como título DESTINAZIONE SPERANZA (Destino esperanza) y pone en la imagen de portada una barquita con la vela lanzada hacia el cielo, a pesar de las nubes que amenazan en el trasfondo, y con el piloto mirando decididamente hacía adelante. Me hizo pensar enseguida en la imagen del cartel del DOMUND 2025.

El autor del libro (Vito Mancuso), pone algunas citas, justo al comienzo, y entre otras, una de San Isidoro de Sevilla (siglo VII d. C.) que dice: “Spes (la esperanza) ha sido definida de esta manera ya que es como el pes (pie) del que camina”. Con respecto a esto, escribe más adelante: “fundada o no, la etimología es sugerente: la esperanza es lo que te impulsa a seguir adelante en la vida. Sin esperanza, no puedes avanzar”.

Entonces, pongámonos en camino, misioneras y misioneros de esperanza entre los pueblos, como Abrahán que salió de su tierra “… Salió sin saber adónde iba” (Hbr. 11,8), con la libertad y sencillez que Jesús indica a sus discípulos y enviados: “No os procuréis oro en la faja, ni plata ni cobre; ni tampoco alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento”. (Mt 10,9-10).

Lo hacemos respondiendo positivamente a cuanto escribía el Papa Francisco en el mensaje para este Domund; mensaje que acompañará nuestra pequeña introducción. El Papa iniciaba con estas palabras:

“He elegido este lema: Misioneros de esperanza entre los pueblos, el cual recuerda a cada cristiano y a la Iglesia, comunidad de bautizados, la vocación fundamental a ser mensajeros y constructores de la esperanza, siguiendo las huellas de Cristo”.

Entonces, “salgamos fuera” de nuestras seguridades, de nuestras murallas protectoras, aceptemos el desafío (porque siempre lo es) de la fraternidad e iniciemos este mes del Domund siguiendo las huellas de Jesús, el “HOMBRE QUE CAMINA” como lo define Christian Bobin en uno de sus libros.

Las huellas de Jesús …

Perdón: ¿las huellas de quién?, nos podrían preguntar algunas/os de las personas que encontramos por las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos…

¿Qué contestaríamos hoy? Yo, tú… los que estamos aquí esta tarde.

Sentir que hoy, como entonces, esos pescadores que estaban ahí, cansados por haber pescado toda la noche y no haber cogido nada, ¡redes vacías! Tanto empeño y dedicación… como nos puede pasar a nosotros hoy, y… nada.

O como esos recaudadores de impuestos, tan atareados, organizados, preocupados de que todo salga bien, porque si no pierdo mi honor y el aprecio que tienen hacia mí.

O las/los demás que van buscando (a veces con violencia, u otras maneras poco… católicas, diríamos hoy) de ir poniendo/imponiendo la justicia, la paz, la felicidad, un mundo en el cual me siento bien y que debe vivir en la verdad [la mía, …] (cfr. los evangelios de vocación en Mt 10; Mc. 3; Lc 6; y también lo que encontramos en Juan 1 y el relato de la ‘vocación’ de Pablo en los Hecho de los Apóstoles 9).

1. Tras las huellas de Cristo nuestra esperanza

Sí: ahí van, esos pies que no me dejan tranquila/o, me provocan, los de un carpintero de Nazaret. El Papa Francisco en su mensaje insiste en que es necesario que mantengamos:

“… la mirada orientada hacia Cristo, el centro de la historia, que «es el mismo ayer y hoy, y lo será para siempre» (Hb 13,8). Él, en la sinagoga de Nazaret, declaró el cumplimiento de la Escritura en el “hoy” de su presencia histórica. De ese modo, se reveló como el enviado del Padre con la unción del Espíritu Santo para llevar la Buena Noticia del Reino de Dios e inaugurar «un año de gracia del Señor» para toda la humanidad (cfr. Lc 4,16- 21)”.

No es una cosa sin importancia esta insistencia en el hecho de que “HOY” se cumplen las Escrituras. Los evangelistas, los cuatro, cada cual a su manera, empiezan los evangelios insistiendo en este ‘hoy’ en el cual se realiza por fin el encuentro con este Dios que desde siempre busca encontrar al ser humano que camina escondiéndose por miedo, por la despreocupación de su hermana/o, …

… «¿Dónde estás?» (Gn. 3,9)

… «¿Dónde está Abel, tu hermano?» (Gn. 4,9).

Y sigue diciendo el Papa Francisco:

“… En este místico “hoy”, que perdura hasta el fin del mundo, Cristo es el cumplimiento de la salvación para todos, particularmente para aquellos cuya esperanza es Dios. Él, en su vida terrena, «pasó haciendo el bien y curando a todos» del mal y del Maligno (cfr. Hch 10,38), devolviendo la esperanza en Dios a los necesitados y al pueblo. Además, experimentó todas las fragilidades humanas, excepto la del pecado, pasando también momentos críticos, que podían conducir a la desesperación, como en la agonía del Getsemaní y en la cruz.”.

Un ‘hoy’ que tenemos que leer:

“sobresaliendo en nuestra sociedad como personas esperanzadas…

¿Cuál es la base de nuestra esperanza?

… Son cada vez más las personas, cristianos incluidos, que están renunciando a toda esperanza en el mundo actual … Dicen que no ven ningún signo de esperanza … [pero] La base de nuestra esperanza es Dios y únicamente Dios”[1].

Ese Dios, mirando a Jesús, no podemos decirlo de otra manera, se nos presenta diciendo:

«He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo …» (Ex 3,7-8). Porque la esperanza, lo hemos dicho al comienzo, hace que nos pongamos en camino, que seamos personas activas.

¿Cuáles son las huellas que tu sigues hoy? ¿Cómo son los pies de ese Jesús detrás del cual te has echado a andar? ¿Cuál es tu historia detrás de él?

Una de las cosas curiosas que me parece notar cuando encuentro otras personas, es que casi enseguida te miran a los pies, para ver lo que llevas… También en otros mundos (Camerún, Chad, Burundi… donde hemos estado como misioneros o voluntarios…) te miran a los pies y casi te catalogan por lo que llevas puesto.

¿Cómo va con Jesús? ¿Cómo lo clasificas?

Me parece que una respuesta podría venirnos de esto que pasó en el evangelio y que nosotros conocemos muy bien: lo de la mujer que tenía flujos de sangre y logra tocar el borde de su manto.

2. Los cristianos, portadores y constructores de esperanza entre los pueblos

Siguiendo a Cristo el Señor, los cristianos están llamados a transmitir la Buena Noticia compartiendo las condiciones de vida concretas de las personas que encuentran, siendo así portadores y constructores de esperanza. Porque, en efecto, «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Gaudium et spes 1).

Son palabras que conocemos muy bien, y que fundamentan nuestro compromiso como cristianas/os, discípulas/os de Jesús, misioneras/os.

Si tuviera que proponer un icono bíblico, propondría un texto de la Carta a los Efesios que dice: “Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad” (Ef. 2,14).

En estas palabras, logramos encontrar el ‘por qué’ verdadero de nuestro compromiso en otras tierras.

La razón de nuestro comprometernos en realizar escuelas, hospitales, organizar Caritas parroquiales…; de nuestro compromiso, aquí en España como en tierras lejanas, en favor de la justicia, en defensa de los más débiles…; de nuestro ‘quedarnos allí’ donde siguen produciéndose guerras…; incluso en medio del mar… no puede ser otra que este Jesús, sus huellas, sus palabras, su vida que quizás no acabaremos nunca de comprender verdaderamente, y que sin embargo nos ha fascinado, como a los apóstoles.

Como Pedro que siempre ha tenido tanta dificultad para entender lo que decía y hacía este hombre de Nazareth, y que, al mismo tiempo siempre fue fiel a ese “SÍ” que pronunció una vez que se encontraba a la orilla del lago, después de una noche que no había cogido ningún pez. “Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes” (Lc 5,5). El Papa lo dice de esta manera:

“Pienso particularmente en ustedes, misioneros y misioneras ad gentes, que, siguiendo la llamada divina, han ido a otras naciones para dar a conocer el amor de Dios en Cristo. ¡Gracias de corazón! Sus vidas son una respuesta concreta al mandato de Cristo resucitado, que ha enviado a sus discípulos a evangelizar a todos los pueblos (cf. Mt 28,18-20). De ese modo, ustedes señalan la vocación universal de los bautizados a ser, con la fuerza del Espíritu Santo y el compromiso cotidiano, entre los pueblos, misioneros de esa inmensa esperanza que nos concede Jesús, el Señor”.

Porque, hoy quizás más que nunca, debido a la terrible eficacia de las armas [las ‘de toda la vida’ pero también las de la desinformación, de la violencia verbal que nos invita a dejar de pensar, de comprometernos, porque tienes que… ser feliz y hacer lo que te gusta …] nos damos cuenta de la auténtica fuerza de la vida y de las palabras de Jesús. Palabras y vida que, cuando les permitimos entrar a lo más hondo de nuestras dudas y miedos, nos echan a los caminos, de vuelta a Jerusalén [… donde ha muerto …], en la noche [nunca se metía uno en marcha de noche, es el señorío de la muerte, de los demonios], para llevar esas palabras que hicieron arder nuestro corazón, una vez más[2].

Me permito citar unas palabras que nuestro fundador, San Guido María Conforti dirigía a los misioneros:

«Por esto, al Misionero que parte hacia lejanas tierras para anunciar la buena noticia, no se le entrega ningún otro instrumento que el Crucifijo, porque éste posee la potencia de Dios y por él triunfará en todo y sobre todos, después de haber triunfado sobre sí mismo»[3].

Porque llevar y construir la esperanza, no es nunca algo que sucede por la acción única y unidireccional de una persona, sino que pasa por la capacidad de coger y acoger las manifestaciones del Espíritu en otras personas…

Huellas que Él pone a lo largo de nuestro andar y nos ayudan a crecer personalmente, al mismo tiempo que crecen los demás.

San Pablo lo dice en su discurso en Atenas: “… con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: Somos estirpe suya” (Hch 17,27-28). Cabe también citar otras palabras del apóstol: “Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles… me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos. Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes” (1Cor 9,19-23).

3. Renovar la misión de la esperanza

Renovar: se dice pronto, como si se tratara de dar un poco de pintura a unos muros quizás un pelín viejos, esperando que quien los mire se deje ‘engañar’ y venga de nuevo a lo nuestro, nuestra Iglesia, … Pero sigue estando ahí ese “… rema mar adentro …”, ese “… tu sígueme …”, palabras que no nos dejan estar tranquilas/os y nos invitan a darnos cuenta de que se trata, continuamente, de entrar en esta nueva modalidad de ser que es el de ser consciente de que a todas/os se nos llama a participar a la “Misión de Dios” y que esto es una realidad siempre en movimiento.

Dice el Papa Francisco:

… es necesario renovar en nosotros la espiritualidad pascual, que vivimos en cada celebración eucarística y sobre todo en el Triduo Pascual, centro y culmen del año litúrgico. Hemos sido bautizados en la muerte y resurrección redentora de Cristo, en la Pascua del Señor, que marca la eterna primavera de la historia”.

En Él vivimos y testimoniamos esa santa esperanza que es “un don y una tarea para cada cristiano” (cfr. La speranza è una luce nella notte, Ciudad del Vaticano 2024, 7).

Por eso, renovemos la misión de la esperanza empezando por la oración, sobre todo la que se hace con la Palabra de Dios y particularmente con los Salmos, que son una gran sinfonía de oración cuyo compositor es el Espíritu Santo.

Me permito insistir, hablando de oración y de Salmos, en la importancia de la contemplación, que nos ayuda a salir de nuestro ‘yo’ y nos acerca a ese Dios tan inmenso y, al mismo tiempo, tan hermana/hermano nuestro.

John C. Sivalon, misionero de la Sociedad de Maryknoll de la cual ha sido Superior General, y que ha trabajado por más de veinte años en Tanzania, habla de la contemplación de esta manera:

Imaginen a un pastor africano observando a su ganado pastar. Se apoya suavemente en su bastón, escuchando a los pájaros, disfrutando de la brisa y el susurro de las hojas. En esta actividad cotidiana y aparentemente aburrida, el pastor apenas puede evitar la sensación de que algo más grande lo rodea. Si se le pregunta, quizá no pueda describirlo con palabras, pero vive cada día con la profunda convicción de que Mungu yupo, «Dios está aquí».

...En veinte años de vida misionera en Tanzania, ante terribles tragedias, nunca he escuchado a un africano preguntarse cómo pudo Dios permitir que ocurrieran. Sólo los he escuchado declarar, y no de forma fatalista, «Dios está con nosotros»[4].

Terminaría así. Con esta invitación, creo que es lo verdaderamente autentico y según el Espíritu de Dios que nos envía a sentir esta responsabilidad de renovación. No se trata de empeñarse a volver a lo de antes, a nuestras seguridades que, ya lo vemos, al final no nos llevan más lejos.

Cuando Jesús envía a los discípulos para que anuncien el Reino, lo hace diciendo: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino!

Mirad que os envío como corderos en medio de lobos. No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; … Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. … curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”» (Lc. 10,2-9).

Creo que la imagen de la mies, es la que nos indica el sentido profundo de la renovación en la esperanza, ya que es una invitación a ser mujeres y hombres que miran con mirada positiva, vital [la de Dios] todo lo que encuentran en el camino. Las huellas, por decirlo de una manera, las ves si quieres verlas. Incluso en estos nuestros tiempos tan marcados por la incertidumbre. Dice John C. Sivalon:

La renovada comprensión de la Missio Dei en estos tiempos de incertidumbre nos lleva a comprender que estamos llamados a considerar nuestra misión como un buscar y un saber descubrir, más que un hecho de propaganda y proselitismo. Por consiguiente, nuestras vidas deben guiarse por la contemplación y la imaginación, buscando la voluntad y la misión de la Trinidad en toda la creación[5].

¡Cuánta luz y vida en esta manera de ver la misión, en el aceptar caminar siguiendo a Jesús, incluso en los momentos más difíciles y tenebrosos de la vida!

Me parece que este es el sentido de lo que el mensaje del Papa Francisco nos propone al final: nos invita a no vivir todo esto en solitario, sino más bien sintiendo que somos comunidad, familia, pueblo, humanidad en camino.

En la sociedad moderna, la pertenencia a la Iglesia no es nunca una realidad adquirida de una vez por todas. Por eso, la acción misionera de transmitir y formar una fe madura en Cristo es «el paradigma de toda obra de la Iglesia» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 15), una obra que requiere comunión de oración y de acción. Sigo insistiendo sobre esta sinodalidad misionera de la Iglesia, … exhorto a todos ustedes —niños, jóvenes, adultos, ancianos—, a participar activamente en la común misión evangelizadora con el testimonio de sus vidas y con la oración, con sus sacrificios y su generosidad.

Nos dejó palabras que nos ayudan a ser mujeres y hombres de esperanza.

¿Podemos entonces esperar que no todo esté perdido para nuestra humanidad? … A menudo pienso en el trabajo cósmico que fue necesario para darnos origen a nosotros los seres humanos con nuestra estatura erguida, la infinita complejidad de nuestro cerebro capaz de inteligencia analítica y razonamiento sintético, nuestro corazón con la gama completa de sentimientos y, sobre todo, nuestra conciencia capaz de distinguir el bien del mal y de llegar a elegir el bien.

[Cómo no pensar en ese “Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno” (Gn 1,31), y “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad; le diste el mando sobre las obras de tus manos” (Sal. 8, 5-7)].

… La antigua frase que todos deberíamos llevar en el corazón y repetir a diario, aprendiéndola de memoria, es aquella del dramaturgo latino Terencio, conocido como Afro por sus orígenes africanos [de origen bereber, nació como esclavo romano en Cartago hacía 195 a.C.]: «Soy un hombre, nada de lo humano me es ajeno»[6].

Y volvemos a esperar,

como primavera que vuelve

a florecer cada año.

Y que los niños nazcan de nuevo,

               profecía y señal

de que Dios no se ha arrepentido[7].

 

[1] Albert Nolan, ESPERANZA EN UNA ÉPOCA DE DESESPERANZA - Sal Terrae, Santander 2010.

[2] Cfr. Lc 24,32

[3] 1925, enero-febrero-marzo, Parma, Manuscrito “La palabra del Padre”: Páginas Confortianas, 347.

[4] John C. Sivalon, IL DONO DELL’INCERTEZZA, EMI – Bologna, 2014; pp. 68-69

[5] Cfr. John C. Sivalon, IL DONO DELL’INCERTEZZA, EMI – Bologna, 2014; pp. 86-87

[6] Vito Mancuso, DESTINAZIONE SPERANZA, Garzanti, Milano – 2024, p. 207-208

[7] David Maria Turoldo, O SENSI MIEI…, 1990

 

P. Gianluigi Signori, SX

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