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Robertus Kardi 12 Septiembre 2025 1337

“ Dios no mandó su Hijo al mundo para condenarlo ”


En este Domingo (Domingo XXIV del Tiempo Ordinario, C), el Evangelio (cfr. Juan 3, 13-17)  nos presenta unas palabras muy profundas de Jesús, que nos ayudan a comprender lo más esencial de nuestra fe.

Jesús dice: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna.”

Esta frase, aunque breve, lo dice todo. Nos habla de un amor inmenso, un amor que no se queda en palabras, sino que se entrega. Dios no se quedó viendo desde lejos el sufrimiento del mundo, no se desentendió de nuestros pecados, nuestras heridas, nuestras luchas... Al contrario, envió a su propio Hijo, no para condenar, sino para salvar. No para castigar, sino para sanar. Y esto es algo que debemos recordar siempre: Dios no vino a aplastarnos con un juicio, sino a levantarnos con su misericordia.

A veces, podemos tener una imagen de Dios equivocada, como si fuera un juez severo que está esperando que fallemos para castigarnos. Pero este Evangelio nos recuerda que el corazón de Dios es amor. Que Jesús vino a mostrarnos el rostro compasivo del Padre, un Dios que perdona, que espera, que nos da nuevas oportunidades.

Jesús también hace referencia a la historia de Moisés levantando la serpiente en el desierto. Era una historia que los judíos conocían bien: cuando el pueblo fue mordido por serpientes venenosas, Dios le dijo a Moisés que levantara una serpiente de bronce en un palo, y todo el que la mirara, se curaba.

Así también —dice Jesús— Él será levantado, en la cruz. Y todo el que lo mire, con fe, con confianza, encontrará la salvación. Porque mirar a Jesús crucificado no es solo ver un hombre sufriendo, es reconocer el amor más grande: el de quien da la vida por sus amigos.

En este domingo, el Señor nos invita a levantar la mirada hacia Él. A no quedarnos atrapados en la culpa, el miedo o el dolor. Nos dice a cada uno y cada una de nosotros: “Yo estoy aquí, no para condenarte, sino para salvarte. Mírame, confía en mí, y vivirás.”

Hermanos, este Evangelio nos llama a renovar y fortalecer nuestra fe. A creer de verdad que Dios nos ama, tal como somos. Que no hay pecado tan grande que Él no pueda perdonar, ni herida tan profunda que Él no pueda sanar.

Y también nos invita a nosotros a mirar a los demás con esa misma misericordia. Si Dios no vino a condenar, nosotros tampoco estamos llamados a juzgar. Estamos llamados a amar, a perdonar, a tender la mano, como Él lo hace con nosotros.

 

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