“ Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen ”
En este domingo (Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario, C), se celebra la Solemnidad de Nuestra Señora del Pilar, una fiesta muy querida especialmente en España y en toda Hispanoamérica. Celebramos a María, la Madre del Señor, en una de sus advocaciones más antiguas y veneradas. Y lo hacemos iluminados por un breve pero profundo pasaje del Evangelio según san Lucas: “Mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen” Lucas 11, 27-28.
Podría parecer que Jesús está quitando importancia a su madre. Pero no es así. Jesús no corrige a la mujer por alabar a su Madre, sino que lleva ese elogio a un nivel más profundo: nos invita a mirar no sólo la maternidad biológica de María, sino su maternidad espiritual, la que nace de su fe, de su escucha atenta y obediente a la Palabra de Dios.
Y aquí está el centro de esta fiesta: María es bienaventurada no sólo porque fue la Madre de Jesús según la carne, sino porque fue la primera discípula, la que escuchó y cumplió la voluntad del Padre. Cuando el ángel Gabriel le anunció que sería la madre del Salvador, María respondió con una fe profunda: "Hágase en mí según tu palabra." Esa es la verdadera dicha: vivir de la Palabra, fiarse de Dios, ponerse en sus manos.
El título del “Pilar” que celebramos en este domingo, tiene un profundo simbolismo. El pilar es símbolo de firmeza, de estabilidad, de apoyo seguro. La tradición dice que la Virgen María, en carne mortal, se apareció al apóstol Santiago en Zaragoza para animarlo en su misión evangelizadora. En un momento de desánimo, María se hace presente como madre y apoyo. ¿Y qué le deja? Un ‘pilar’. Como diciéndole: ‘Aquí tienes una base firme. No tengas miedo. Yo estoy contigo. Sigue anunciando a mi Hijo’.
También hoy, como Iglesia, necesitamos ese pilar. En un mundo donde tantas cosas cambian, y donde muchas veces nos sentimos inseguros en la fe, la Virgen del Pilar nos recuerda que nuestra firmeza no viene de nuestras propias fuerzas, sino de Dios. Y que María, como buena madre, nunca abandona a sus hijos.
Y en este mes de octubre, mes misionero por excelencia, esta fiesta adquiere una fuerza aún mayor. No podemos olvidar que la advocación del Pilar está íntimamente unida al anuncio del Evangelio en tierras de Hispanoamérica. Desde España, la devoción a la Virgen del Pilar acompañó a los misioneros que cruzaron océanos para anunciar a Cristo. María fue su compañera y su signo de esperanza.
Así como animó al apóstol Santiago en su predicación, también ha sido madre y fortaleza de todos los que llevan la Palabra de Dios más allá de sus fronteras, a veces con miedo, otras veces con cansancio, pero siempre con amor.
La Virgen del Pilar sigue siendo hoy una madre misionera, que anima a la Iglesia a salir de sí misma, a llevar la Buena Noticia a los que no la conocen, a ser signo de esperanza en medio de las oscuridades del mundo. Ella es también el pilar de los pueblos, especialmente de aquellos que sufren, que buscan paz, justicia y consuelo. Su presencia maternal une culturas, reconcilia corazones y abre caminos para la fe en medio de las diferencias. Es signo de comunión, de unidad y de misión.
