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Robertus Kardi 25 Octubre 2025 1004

“ No se atrevía ni a levantar los ojos al cielo ”


En este domingo (Domingo XXX del Tiempo Ordinario, C), la Palabra de Dios nos presenta una parábola muy conocida y profundamente actual: la del fariseo y el publicano (cfr. Lucas 18, 9-14). Jesús nos habla de dos hombres que suben al templo a orar. Uno, el fariseo, se siente justo y seguro de sí mismo; el otro, el publicano, se reconoce pecador y necesitado de la misericordia de Dios. Al final, dice Jesús, “éste bajó a su casa justificado, y no aquél; porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

Esta parábola nos invita a mirar el corazón con sinceridad. No basta con hacer muchas cosas buenas si en el fondo creemos que somos mejores que los demás. Jesús nos enseña que lo más importante no es presentarle a Dios nuestros méritos, sino abrirle el corazón con humildad y confianza. Solo quien reconoce su pequeñez puede experimentar la grandeza del amor de Dios.

Y este mensaje se une muy bien con lo que celebramos en este Mes Misionero, cuya jornada vivimos el domingo pasado: “Misioneros de esperanza entre los pueblos.” Ser misionero no es creerse mejor que los demás ni ir al encuentro de otros desde arriba. Ser misionero es, ante todo, caminar con humildad, reconociendo que todos necesitamos escuchar el Evangelio y todos necesitamos la misericordia de Dios.

El fariseo representa al que cree que no necesita ser convertido; el publicano, en cambio, representa al que se deja tocar por el amor de Dios y, desde esa experiencia, puede transmitir esperanza.
La misión nace precisamente ahí: en un corazón que ha sido perdonado, que se ha sentido amado sin merecerlo. Quien ha sentido esa misericordia se vuelve naturalmente un mensajero de esperanza, porque sabe que ningún pecado, ninguna herida ni ninguna oscuridad es más grande que la ternura de Dios.

Ser misioneros de esperanza entre los pueblos implica ir al encuentro de los demás con un corazón sencillo, sin juzgar, sin creernos mejores, sino compartiendo la alegría del Evangelio con gestos concretos de amor, servicio y cercanía. La humildad del publicano es el terreno donde germina la esperanza misionera: cuando nos reconocemos necesitados de Dios, Él puede actuar en nosotros y a través de nosotros.

Pidamos hoy al Señor que nos conceda un corazón misionero y humilde: que sepamos orar como el publicano —“Señor, ten compasión de mí, que soy pecador”—, y que esa oración nos anime a llevar consuelo, luz y esperanza a todos los que buscan sentido, amor y fe.

 

COMENTARIO: https://www.dominicos.org/predicacion/pdf-homilia/26-10-2025/completa.pdf

 

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