“ Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá ”
En este domingo (Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, C), en el que conmemoramos a todos los fieles difuntos, la Palabra de Dios nos ofrece un mensaje de esperanza. El Evangelio de san Juan nos presenta a Jesús hablando a sus discípulos poco antes de su pasión. Les dice: “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar” (Jn 14,1-2).
Estas palabras de Jesús son como un bálsamo para nuestros corazones, especialmente cuando recordamos a nuestros seres queridos que han partido. Él sabe que la muerte nos causa tristeza y vacío, pero también sabe que no tiene la última palabra. Por eso nos invita a no dejarnos vencer por la angustia, sino a confiar. “No se turbe vuestro corazón”: es como si nos dijera hoy, “No tengáis miedo; no estáis solos; la muerte no es el final, sino el paso hacia la plenitud de la vida.”
Jesús habla de la casa del Padre y de las muchas moradas. No es un lugar físico, sino la comunión plena con Dios, ese espacio donde ya no hay dolor ni lágrimas, donde reina la paz. Y lo más hermoso es que Jesús no nos envía allá sin más: Él mismo ha ido antes, para prepararnos el lugar. Es decir, nuestra vida, nuestras luchas, nuestros dolores, no son un camino al vacío, sino un camino hacia el encuentro con Aquel que nos ama desde siempre.
Cuando celebramos a los difuntos, no celebramos la muerte, sino la esperanza de la vida eterna. Recordamos con cariño a quienes amamos y han partido, y los confiamos a la misericordia de Dios. Pero también renovamos nuestra fe: creemos que ellos viven en Dios, y que un día nos volveremos a encontrar, no ya en la fragilidad de este mundo, sino en la plenitud del amor.
Jesús termina diciendo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Estas palabras son el corazón del Evangelio. Él no solo nos enseña el camino, sino que Él mismo es el camino. Si lo seguimos, si confiamos en Él, si tratamos de vivir como Él vivió —con amor, perdón y esperanza—, entonces ya estamos caminando hacia esa casa del Padre.
Hermanos, hoy el Señor nos invita a mirar la muerte con los ojos de la fe. No como un abismo oscuro, sino como una puerta que se abre a la eternidad. La tristeza es humana, sí, pero la fe nos sostiene: “Creed en Dios y creed también en mí”.
Pidamos al Señor que fortalezca nuestra fe, que consuele nuestros corazones y que nos mantenga firmes en la esperanza. Que cuando llegue nuestro momento, podamos encontrarnos con Él y con todos los que amamos, en la casa del Padre, donde todo es luz, paz y vida eterna.