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Robertus Kardi 24 Enero 2026 475

“ Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres ”


Estamos en el tercer domingo del tiempo ordinario, ciclo A, y el Evangelio de hoy (cf. Mateo 4, 12-23) nos sitúa al comienzo de la vida pública de Jesús. Es un inicio sencillo, pero lleno de luz y de esperanza.

Jesús empieza su misión en Galilea, una tierra marcada por la mezcla de pueblos, por la pobreza y también por la oscuridad. No elige Jerusalén, ni el centro religioso, sino la periferia. Y allí, dice el evangelista, una gran luz comienza a brillar. Cuando la vida parece envuelta en sombras —el cansancio, la soledad, el pecado, la falta de sentido— Dios no se aleja, sino que se acerca más.

La primera palabra que Jesús proclama es clara y directa: “Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos.” Convertirse no es tener miedo ni sentirse culpable; es cambiar de dirección, volver el corazón hacia Dios, fiarse de que Él está actuando ya en nuestra vida. El Reino no es una idea lejana, es una presencia: está cerca, está entre nosotros, empieza cuando dejamos que Dios reine en nuestro interior.

Luego Jesús pasa junto al lago y llama a hombres sencillos: pescadores. No eran expertos en religión, ni personas perfectas. Estaban trabajando, ocupados en su vida diaria. Y Jesús les dice: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.” No les da un discurso largo. Les ofrece una relación, un camino compartido. Y el evangelio repite una palabra que impresiona: “inmediatamente”. Dejaron las redes, dejaron la barca, dejaron incluso al padre. No porque despreciaran todo eso, sino porque descubrieron algo más grande: Jesús.

Este Evangelio también nos habla a nosotros. Jesús sigue pasando hoy por nuestra orilla: en nuestro día a día, en el trabajo, en la comunidad, en la fragilidad. Y sigue llamando. Tal vez no para dejarlo todo exteriormente, pero sí para soltar las redes que nos atan: miedos, comodidades, resentimientos, excusas. Nos llama a ser discípulos, a caminar con Él y a convertirnos en pescadores de personas, es decir, portadores de esperanza, de consuelo y de sentido.

El texto termina diciendo que Jesús recorría toda Galilea, enseñando, anunciando el Reino y curando. Así es Dios: se acerca, enseña con paciencia, sana con ternura. No pasa de largo ante el dolor humano.

Pidamos hoy la gracia de escuchar de nuevo su llamada. Que no se nos apague el deseo de seguirle. Que, como aquellos primeros discípulos, tengamos un corazón disponible y confiado. Porque cuando dejamos que Jesús entre en nuestra vida, la luz vuelve a brillar, y todo empieza a tener un nuevo sentido.

 

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