Skip to main content
Robertus Kardi 29 Enero 2026 618

“ Bienaventurados ”


En este cuarto domingo del tiempo ordinario, ciclo A, el Evangelio nos presenta a Jesús subiendo al monte y proclamando las bienaventuranzas. No es un discurso cualquiera. Es como si Jesús nos abriera su corazón y nos mostrara cómo mira Él la vida, a Dios y a las personas.

Jesús se sienta, mira a la gente y comienza a hablar. No habla solo a los discípulos más cercanos, sino a todos los que están allí, sencillos, pobres, enfermos, buscadores de sentido. Y hoy también nos habla a nosotros, tal como somos, con nuestras luchas, alegrías y cansancios.

Las bienaventuranzas pueden sonar extrañas, incluso contradictorias. Jesús dice “bienaventurados” a los pobres, a los que lloran, a los mansos, a los que tienen hambre y sed de justicia. El mundo suele decir lo contrario: bienaventurados los que tienen, los que dominan, los que se imponen, los que no sufren. Pero Jesús nos propone otra lógica, la lógica del Reino de Dios.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos”. No se trata solo de no tener cosas, sino de no poner la seguridad en ellas. El pobre de espíritu es el que sabe que necesita a Dios, el que no se cree autosuficiente, el que vive con las manos abiertas. Esa pobreza interior nos hace libres y disponibles para amar.

“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”. Jesús no glorifica el dolor, pero nos enseña que Dios no es indiferente a nuestras lágrimas. Él está cerca de quien sufre, de quien ha perdido y de quien se siente herido por la vida. Llorar no es signo de debilidad, sino de humanidad. Y Dios promete consuelo: un consuelo que nace de su presencia fiel.

“Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra”. La mansedumbre no es pasividad ni cobardía. Es la fuerza de quien no responde al mal con más mal, de quien confía más en Dios que en la violencia. El manso sabe esperar, sabe escuchar, sabe cuidar. Y esa actitud, vivida en lo cotidiano, podrá transformar el mundo. 

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”. No habla solo de leyes o normas, sino de un profundo deseo de que las cosas sean como Dios las sueña: con dignidad para todos, con respeto, con verdad. Tener hambre de justicia es no acostumbrarse a la injusticia, es no cerrar los ojos ante el sufrimiento del hermano más necesitado.  

Jesús continúa hablando de misericordia, de pureza de corazón, de trabajar por la paz, de soportar la persecución por hacer el bien. En cada bienaventuranza hay una promesa. Dios ve, Dios acompaña, Dios actúa, aunque a veces no lo entendamos de inmediato.

Este Evangelio no es un ideal imposible reservado para unos pocos. Es un camino, una forma de vivir paso a paso. Las bienaventuranzas no se cumplen de un día para otro, se encarnan en lo cotidiano: en cómo tratamos a los demás, en cómo afrontamos las dificultades, en cómo confiamos en Dios incluso cuando no todo va bien.

Hoy Jesús nos invita a mirar nuestra vida con sus ojos. A preguntarnos dónde ponemos nuestra felicidad, qué buscamos de verdad, qué lugar ocupa Dios en nuestras decisiones. Nos recuerda que la verdadera alegría no nace de tenerlo todo resuelto, sino de caminar con Él. Jesús no promete una vida fácil, pero sí una vida llena de sentido. Nos asegura que quien camina con este estilo, aunque parezca perder, en realidad gana lo único que no pasa: el Reino de los cielos.

 

COMENTARIOS

¿Te ha gustado este artículo?

compártelo