“ Dame de beber ”
Estamos en el tercer domingo de Cuaresma, ciclo A, y el Evangelio nos habla del encuentro de Jesús con la mujer samaritana junto al pozo… Para comprender mejor este relato conviene recordar el contexto. Jesús va caminando desde Judea hacia Galilea y, en su camino, pasa por la región de Samaría. Entre judíos y samaritanos había una enemistad antigua, religiosa y cultural. Normalmente los judíos evitaban tratar con los samaritanos. Sin embargo, Jesús no piensa ni actúa así. Él mira el corazón de las personas, no las etiquetas. Él mira el corazón de las personas y las acoge tal como son, con verdad y misericordia.
Cansado del camino, Jesús se sienta junto al pozo de Jacob, cerca del pueblo de Sicar. Es mediodía, la hora de más calor. En ese momento llega una mujer samaritana a sacar agua. Y Jesús, rompiendo todas las barreras sociales de la época, le dice algo muy sencillo: “Dame de beber”. Un judío pidiéndole agua a una samaritana, un hombre hablando con una mujer desconocida… todo eso resultaba sorprendente. Pero así empieza un diálogo que poco a poco se vuelve profundo.
En el fondo, todo el Evangelio gira en torno a una palabra: la sed. Jesús tiene sed, una sed muy humana después del camino. Pero pronto comprendemos que también la mujer tiene sed, no solo de agua, sino una sed más profunda, una sed del corazón, una sed interior, sed de sentido para su vida. Todos nosotros sabemos lo que es la sed del cuerpo. Cuando tenemos sed buscamos agua inmediatamente. Pero también existe la sed del corazón: sed de amor, sed de comprensión, sed de paz, sed de sentido para la vida. Y muchas veces tratamos de apagar esa sed con muchas cosas: el trabajo, las preocupaciones, el dinero, las distracciones… Pero, aun así, el corazón sigue seco. Entonces aparece Jesús y le dice a la mujer algo sorprendente: “El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás”. Porque el agua que Jesús ofrece no es agua del pozo, sino el agua viva de Dios, la que puede llenar de verdad el corazón humano.
Jesús habla de un agua distinta, de un “agua viva”. No es un agua que calma la sed solo por un momento, como la del pozo, sino un agua que se convierte dentro de la persona en un manantial que brota hasta la vida eterna. Con estas palabras, Jesús habla del don de Dios, de la gracia, de la vida nueva que solo Él puede dar.
Poco a poco, en ese diálogo, Jesús va entrando en la vida de esta mujer. La lleva a mirar su propia historia, una historia complicada, marcada por relaciones fracasadas y, seguramente, por muchas heridas. Pero lo más impresionante es que Jesús no la juzga ni la humilla. No la rechaza. Jesús la mira con verdad, pero también con misericordia. Le muestra que conoce su vida y, aun así, no la aparta. Y esa mirada cambia algo en el corazón de la mujer. Porque cuando una persona se siente mirada con misericordia, el corazón se abre. Ya no necesita esconderse ni defenderse. Puede empezar de nuevo.
El diálogo sigue creciendo y, poco a poco, la mujer comienza a intuir que está ante alguien especial. Jesús no se limita a hablarle de agua; finalmente se revela como el Mesías, aquel que puede llenar de verdad la vida de las personas. En ese momento sucede algo muy significativo: la mujer deja su cántaro y corre al pueblo. Ese cántaro, que había traído solo para sacar agua, ya no es lo más importante. Ha encontrado algo mucho mayor: ha encontrado a Cristo, la fuente de vida que sacia el corazón para siempre.
La mujer, emocionada por lo que ha vivido, corre a contar a los demás: “Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho”. No da un discurso complicado; simplemente comparte su experiencia personal. Y gracias a su testimonio, muchos samaritanos comienzan a acercarse a Jesús. Su vida cambia y, al mismo tiempo, ayuda a que otros también descubran la fuente de vida que llena el corazón.
Este Evangelio viene muy bien para nuestro camino de Cuaresma. La Cuaresma es un tiempo para volver al Señor, para hacer una pausa en medio de nuestro camino de vida —como Jesús junto al pozo— y dejarnos encontrar por Él. Porque también nosotros llegamos muchas veces cansados, con preocupaciones, con heridas o con vacíos en el corazón. Y quizá, como la mujer samaritana, andamos buscando algo que calme nuestra sed interior: esa sed de sentido, de amor y de paz que solo Dios puede saciar.
En este domingo, el Señor nos dice también a nosotros lo mismo que le dijo a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios…”. Cristo quiere ofrecernos esa agua viva que renueva el corazón y nos llena de vida. Y esa agua la podemos encontrar en nuestra vida cristiana: en la oración, cuando hablamos con Dios con confianza y le abrimos el corazón; en la limosna, cuando nos acercamos a los más necesitados y compartimos lo que tenemos, convirtiéndonos en signo del amor de Dios para quienes más lo necesitan; en el ayuno, que nos ayuda a purificar el corazón y a liberarnos de todo lo que no nos deja libres ni en paz… La encontramos también en su Palabra, que ilumina nuestro camino y fortalece nuestra fe; y, de manera muy especial, en los sacramentos: en la confesión, donde el Señor limpia y libera nuestro corazón, y en la Eucaristía, donde Él mismo se nos da como alimento y renueva nuestra vida.
Y cuando uno se encuentra de verdad con Cristo, sucede algo parecido a lo que le pasó a aquella mujer samaritana: el corazón cambia y nace de manera natural el deseo de compartirlo con los demás. Al encontrarnos con el Señor, nuestra vida cambia: el corazón se renueva y ya no podemos quedarnos igual que antes. Ese encuentro nos transforma y, al mismo tiempo, nos envía. Nos convierte en misioneros de esperanza, llamados a compartir con los demás la alegría y la vida nueva que hemos recibido. Pidámosle hoy al Señor que también nosotros sepamos reconocer su presencia, acoger el don de su agua viva y llevar esa esperanza a quienes encontramos cada día.
COMENTARIOS
- Dominicos
- Miguel Ángel Munárriz: Palabra y eucaristía. Hemos dinamitado los cauces de trasmisión de la Palabra.
- José Luis Sicre: Moisés, la samaritana y el borracho. Se advierte que la samaritana va cambiando su imagen de Jesús. Al principio lo considera un simple judío, que no le merece gran respeto. Luego lo descubre como profeta, conocedor de cosas ocultas. Más tarde se pregunta si no será el Mesías, alguien que merece toda su consideración.
- Fidel Aizpurúa: Adoradores en espíritu y en verdad. Adorar a Dios en Espíritu es adorarlo en el espíritu de Jesús, en sus anhelos más profundos, en sus sueños de justicia y de felicidad para los humanos, sobre todo para los más frágiles.
- José Antonio Pagola: No sabemos saborear la fe. Tal vez, una de las mayores desgracias del cristianismo contemporáneo es la falta de «experiencia religiosa».
- Rosario Ramos: En el pozo de la dignidad liberada. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana coincide con el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Una clara muestra de la intención liberadora de Jesús y de inclusión de la mujer en todos los ámbitos de la vida desde la dignidad inalienable que posee.
