Estamos en cuarto domingo de cuaresma, ciclo A, y el evangelio de hoy nos habla de un encuentro entre Jesús y un hombre que era ciego de nacimiento. Jesús pasa, lo ve, se acerca a él y le devuelve la vista. Pero el relato no habla solo de la curación de los ojos, habla también de abrir el corazón y la vida a la luz de Dios… Aquel hombre había vivido siempre en la oscuridad. No conocía la luz, ni los colores, ni los rostros de las personas. Y, sin embargo, Jesús se fija en él. Esto es lo primero que nos dice el evangelio: Jesús ve a quien muchos no ven. Se detiene ante quien otros ignoran. Para Jesús nadie pasa desapercibido.
Después de curarlo, empieza algo curioso: los que ven, los que se creen seguros, empiezan a discutir, a juzgar, a dudar. Los fariseos no son capaces de reconocer la obra de Dios. Están tan cerrados en sus ideas que no ven lo que está pasando delante de sus ojos. En cambio, el que era ciego va haciendo un camino. Al principio solo dice: “ese hombre que se llama Jesús”. Luego dice: “es un profeta”. Y al final, cuando Jesús se encuentra otra vez con él, termina diciendo: “Creo, Señor”. Y se pone a adorarlo. Es un camino de fe. Primero recibe la luz en los ojos, y poco a poco recibe también la luz en el corazón.
Este evangelio también nos invita a preguntarnos: ¿dónde estamos nosotros? Porque a veces pensamos que vemos muy bien, que lo tenemos todo claro, pero quizá estamos un poco ciegos por dentro: ciegos para ver al que sufre, ciegos para reconocer nuestros errores, ciegos para ver a Dios actuando en lo sencillo de cada día.
La cuaresma es precisamente un tiempo para dejar que Jesús nos abra los ojos. Para mirar la vida con más verdad. Para reconocer lo que necesitamos cambiar. Y para descubrir que Dios está mucho más cerca de lo que pensamos…En este domingo podemos pedirle al Señor: “Señor, que vea”. Que vea mejor a las personas que tengo a mi lado. Que vea el bien que Dios hace en mi vida. Que vea también mis debilidades para poder cambiar. Y, como aquel hombre del evangelio, poco a poco podremos decir también nosotros con fe: “Creo, Señor”. Y dejar que su luz ilumine nuestra vida.
José Luis Sicre: El caso del testigo condenado.El cuarto evangelio propone el símbolo de la luz para expresar lo que Jesús nos da. La semana pasada utilizaba la simbología del agua y la próxima lo hará con la de la vida.
Carmiña Navia Velasco: El sábado fue hecho para el hombre.No deja de impresionarme el ver cómo los caminos eclesiales han desvirtuado completamente lo esencial del mensaje del Maestro de Galilea y han convertido al hombre para el sábado.