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Robertus Kardi 26 Marzo 2026 795

“ Mira a tu Rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica… ”


Estamos en el Domingo de Ramos (A). El evangelio que leemos en la celebración de la procesión de ramos nos sitúa en un momento muy importante de la vida de Jesús: su entrada en Jerusalén. No es un viaje más dentro de su vida pública. Es el final de un largo camino que ha recorrido por pueblos y aldeas, anunciando el Reino de Dios, curando, perdonando y mostrando el rostro misericordioso del Padre. Jerusalén no es una ciudad cualquiera: es la ciudad santa, el lugar del templo, el centro de la fe del pueblo de Israel. Allí están concentradas las grandes esperanzas del pueblo, pero también las resistencias y las incomprensiones. Jesús entra en Jerusalén sabiendo bien lo que va a suceder, sabiendo que se acerca la hora de su entrega.

El pueblo de Israel vivía bajo dominio extranjero, bajo el poder del Imperio romano. Había un deseo profundo de liberación, de cambio, de justicia. Muchos esperaban un Mesías fuerte, un líder que expulsara a los opresores y restaurara la grandeza del pueblo. En medio de ese ambiente cargado de expectativas, Jesús entra en la ciudad.

El modo en que Jesús decide entrar es muy significativo. No llega montado en un caballo, símbolo de poder y de guerra, sino en un borrico (un pollino, un animal sencillo, humilde, propio de la vida cotidiana de la gente pobre. No llega como un rey poderoso, ni rodeado de fuerza. Con este gesto cumple lo que anunciaban los profetas: un rey que viene con mansedumbre, un rey de paz. Su autoridad no se impone desde fuera, sino que nace de su interior, de su relación con el Padre. Es un rey que no domina, sino que sirve; que no aplasta, sino que levanta.

La gente que le acompaña extiende mantos y ramas por el camino, como se hacía con los reyes. Gritan “¡Hosanna!”, que es una súplica y a la vez una alabanza: “¡Sálvanos!”. Reconocen en Jesús a alguien enviado por Dios. Sin embargo, su comprensión es todavía incompleta. Muchos de los que aclaman a Jesús no comprenden del todo quién es ni cuál es su misión. Tal vez esperan un cambio inmediato, una liberación visible, un triunfo según los criterios humanos. Hay una mezcla de fe y de expectativa, de verdad y de confusión. Aclaman, pero aún no han recorrido el camino que lleva a entender el misterio de la entrega de Jesús…Todavía no entienden que el camino de Jesús será distinto: un camino de entrega, de amor hasta el extremo.

La ciudad se conmueve. Jerusalén entera se pregunta: “¿Quién es este?”. Y la gente responde: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Es una respuesta verdadera (correcta), pero todavía insuficiente. Jesús es más que un profeta: es el Hijo de Dios que viene a salvar, pero su salvación no pasa por el poder, sino por la cruz.

En este relato vemos un contraste muy fuerte: la alegría de la entrada y el rechazo que vendrá después. El mismo pueblo que hoy aclama, más adelante quedará en silencio o incluso se volverá en contra. Esto nos muestra la fragilidad del corazón humano, capaz de entusiasmarse y también de olvidar.

Este relato, por tanto, nos muestra varios aspectos importantes. Por un lado, la humildad de Jesús, su manera sencilla y profunda de ser rey. Por otro, la respuesta del pueblo, llena de entusiasmo, pero también de límites. Y en medio de todo, la pregunta sobre la identidad de Jesús, que no se responde de forma superficial, sino que exige un camino, una experiencia, un encuentro más profundo.

Jesús entra en Jerusalén no para recibir honores humanos, sino para iniciar el camino de la entrega total (hasta el extremo). Su entrada triunfal es, en realidad, el comienzo de su pasión. Es un rey que reinará desde la cruz, mostrando que el verdadero poder es el amor que se da hasta el final. Todo en este relato nos prepara para comprender que los caminos de Dios no siempre coinciden con lo que el ser humano espera o imagina.

Este relato nos invita a preguntarnos quién es Jesús para nosotros…  Nos llama a reconocerlo y acogerlo tal como Él es, con su humildad y su verdad, y no solo como nos gustaría que fuera. Nos recuerda que el camino de Dios pasa por la humildad, la fidelidad y la entrega. Y nos anima a seguirlo en todos los momentos de nuestra vida.

 

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