Skip to main content
Robertus Kardi 11 Abril 2026 621

“La paz esté con vosotros”


Estamos en segundo domingo de Pascua (A), y el Evangelio nos lleva a ese primer día de la semana, cuando los discípulos están reunidos, pero no precisamente llenos de alegría, sino llenos de miedo. Tienen las puertas cerradas. Han visto morir a Jesús, todo parece perdido, y no saben qué hacer ni qué va a pasar. Y en ese ambiente, Jesús se hace presente. No necesita que le abran, no necesita que todo esté en orden. Simplemente aparece en medio de ellos. Y lo primero que dice no es una explicación, ni un reproche, ni un discurso… dice: “La paz esté con vosotros”.

Esa paz es un regalo real del resucitado. Es como si Jesús dijera: “No tengáis miedo, estoy aquí, no os he abandonado”. Y luego les muestra las manos y el costado. Les enseña sus heridas. Es el mismo Jesús que murió, pero ahora está vivo. No es un fantasma, no es una idea: es Él, con su historia, con sus heridas, pero transformadas… Los discípulos se llenan de alegría. El miedo empieza a desaparecer cuando reconocen a Jesús.

Y Jesús vuelve a decir: “La paz esté con vosotros”. Como si quisiera que esa paz se quedara bien dentro de ellos. Y enseguida les da una misión: “Como el Padre me envió, así también os envío yo”. Es decir, no os quedéis encerrados, no viváis solo para vosotros. Salid, llevad esta paz, esta alegría, este amor, este perdón.

Y entonces sopla sobre ellos y les da el Espíritu Santo. Ese gesto recuerda al principio de la creación, cuando Dios sopla vida. Ahora Jesús les da una vida nueva, una fuerza nueva. Ya no están solos. Pero en ese momento Tomás no estaba. Y cuando vuelve, sus compañeros le dicen: “Hemos visto al Señor”. Pero él no puede creer. Está herido, está decepcionado, y necesita algo más. Dice que, si no ve y no toca, no creerá.

Ocho días después, Jesús vuelve. Y esta vez Tomás está. Y Jesús hace algo muy hermoso: va directamente a él. No le humilla ni le reprende. Le ofrece lo que necesita: “Trae tu mano… mira mis heridas”. Es como si le dijera: “Entiendo tu dificultad, aquí estoy”. Y Tomás, al encontrarse con Jesús, ya no necesita tocar. Su corazón cambia y dice: “Señor mío y Dios mío”. Es una confesión profunda de fe, nacida del encuentro.

Entonces Jesús dice algo que es muy importante para nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”. Ahí estamos nosotros. Nosotros no estuvimos en esa casa, no vimos las heridas, pero estamos llamados a creer… Y este Evangelio termina recordándonos que todo esto se ha escrito para que creamos que Jesús es el Señor, y para que creyendo tengamos vida.

Y ahora, si lo llevamos a nuestra vida también nosotros tenemos momentos en los que estamos “con las puertas cerradas”. Momentos de miedo, de preocupación, de tristeza, de dudas. Momentos en los que la fe se nos hace difícil. Y como Tomás, a veces decimos por dentro: “Si no veo claro, no puedo creer”.

Pero este Evangelio nos recuerda algo muy importante para nuestro camino de discipulado: Jesús no se cansa de venir a nuestro encuentro. Aunque tengamos dudas, aunque estemos flojos en la fe, aunque estemos cerrados… Él entra y se pone en medio. Y no viene a juzgar, viene a regalarnos su paz, a mostrarnos su amor y a ayudarnos a volver a creer, poco a poco. Y, al final, nos envía: como a los discípulos, nos llama a salir y a ser testigos de su paz y de su amor en el mundo.

 

COMENTARIOS

¿Te ha gustado este artículo?

compártelo