“ ¡Es verdad, el Señor ha resucitado! ”
Introducción
Los relatos de la Pascua en el Evangelio de Lucas tienen lugar en Jerusalén o en su entorno inmediato. Allí acontece el descubrimiento de la tumba vacía y las apariciones a los discípulos, a dos en el camino de Emaús y al grupo cuando estaban reunidos. En el plan de la obra lucana, la ciudad de Jerusalén ocupa un lugar central: hacia ella camina Jesús, es el lugar de su muerte y resurrección, y desde ella partirá la misión encomendada a los discípulos: ser testigos suyos en el mundo entero.
Explicación
El encuentro de Jesús con los discípulos en el camino hacia Emaús es uno de los episodios del acontecimiento pascual que sucede en el mismo día de la Pascua. Se trata de un relato muy bien estructurado y cuidado, tanto en su aspecto narrativo como en el teológico. Se puede decir que desarrolla una catequesis pascual: el encuentro con el resucitado ilumina la duda de los discípulos y les conduce a la fe plena, a través de las Escrituras y la fracción del pan.
La narración se desarrolla con una tensión progresiva in crescendo. Los discípulos no son conscientes de lo que el lector ya conoce: es Jesús resucitado quien camina con ellos. A lo largo del relato irán pasando de la tristeza por la decepción a la alegría de la Pascua, propia de los encuentros con el resucitado; de la incomprensión al entendimiento de las Escrituras; de la duda a la fe; de la huida al compromiso misionero.
El camino que recorren los discípulos es un símbolo del camino interior que van a desarrollar en su encuentro con el resucitado, camino que les conducirá a la fe. El seguidor de Jesús se encuentra muchas veces sólo y desorientado en el camino de la vida, en medio de la incertidumbre y la duda. Sin embargo, aún sin darse cuenta, junto a él camina el Señor, está presente en el espesor de la vida, poniendo luz, guiando sus pasos, abriendo senderos nuevos.
La experiencia del encuentro con el resucitado tiende dos momentos fundamentales a lo largo del camino. Los discípulos, representados en los dos que caminaban hacia Emaús, no habían comprendido lo sucedido en Jerusalén. “Nosotros esperábamos… pero ya hace tres días que ocurrió esto.” Han reconocido en él a un gran profeta; pensaban que sería el liberador de Israel. Pero no comprendieron el auténtico sentido de la vida del Maestro.
A través de las Escrituras, el resucitado les ayuda a comprender el significado de su vida y misión. De nuevo, como en otros pasajes del Evangelio, Jesús recurre a lo escrito en la ley y los profetas para que puedan comprender que todo lo ocurrido ha sido manifestación de la voluntad de Dios, cumplimiento de su plan de salvación para toda la humanidad. Las Escrituras preparan a los discípulos para el encuentro decisivo con el Señor. Él es el auténtico exégeta de su propia vida.
El culmen del relato y de la experiencia pascual es la Eucaristía. En la fracción del pan se les abren los ojos y reconocen aquello que “hacía arder su corazón” a lo largo del camino. El signo por excelencia del encuentro con el Resucitado en medio de la comunidad es la Eucaristía. Y es, además, el punto de partida para el testimonio misionero del discípulo. Las Escrituras han dispuesto al creyente para descubrir en la fracción del pan al Señor resucitado que camina con él en cada momento de la vida.
Dos discípulos, que abandonaban decepcionados Jerusalén, hicieron una vez la increíble experiencia de que alguien escuchara atentamente la historia de sus pérdidas ilusiones, la historia de su fracaso. El Desconocido que se acercó a ellos mientras caminaban, después de aceptar sus reticencias, les fue ayudando a releer lo vivido desde el encuentro con el Profeta de Nazaret hasta ese momento, y a narrar de nuevo, a otra luz, sus peripecias. Utilizó un método tan antiguo como popular: conversar con ellos, hacerles preguntas, llevarlos de nuevo a los elementos clave de la experiencia, referidos a su propia tradición y dejarles también la iniciativa sin querer adueñarse de su propio proceso de paulatino descubrimiento. Lo que hizo Jesús, al que reconocieron al final en el Desconocido, fue ayudarles a recordar todo lo que les había sucedido.
Este hermoso y denso relato de los discípulos de Emaús es, seguramente, una magnifica catequesis sobre cómo y dónde encontrar a Jesús en las vicisitudes de nuestra vida, es decir, en el camino que recorremos cada día.
Estar acompañados. Sentir que no estoy solo con mis penas y mis pensamientos, dándole vueltas a la cabeza y el corazón, sin saber responder a mis preguntas, sin alguien que me confronte y me insinúe si mi camino es el correcto. Estar acompañados. Dejarse acompañar. Acompañar a otros. No hay fe ni maduración de la fe sin acompañamiento o sin comunidad. Jesús nos acompaña: “Yo estoy con vosotros todos los días (Mt 28, 20). Porque Jesús resucitado es siempre nuestro acompañante en el camino. Somos llamados, como los de Emaús, a ponernos en camino y a dejarnos interpelar por el Señor que camina siempre a nuestro lado.
Fuente: Homilética, Pascua, Ciclo A, Sal Terrae, 2017/3, pag 278-283.
