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Robertus Kardi 07 May 2026 427

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”


En este sexto domingo de Pascua (A), escuchamos el Evangelio de San Juan (14, 15-21). En este relato, Jesús está reunido con sus discípulos antes de su pasión y muerte. Ellos todavía no comprenden del todo lo que va a suceder. Han dejado todo para seguirlo y ahora escuchan que Jesús se va y que pronto ya no estará con ellos. Sus corazones se llenan de miedo y tristeza. Por eso, el Señor les habla con compasión, para prepararlos y darles esperanza.

Jesús comienza diciendo: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. En el Evangelio de San Juan, amar a Jesús no significa solo sentir cariño por Él. Amar a Jesús significa escuchar su palabra y vivir según su voluntad. La señal verdadera del discípulo es la fidelidad. El amor y la obediencia van unidos. No se puede decir “yo amo a Jesús” y al mismo tiempo vivir lejos de lo que Él enseña.

Después Jesús hace una gran promesa. Dice que pedirá al Padre que envíe “otro Paráclito” (defensor, consolador, …). Jesús habla del Espíritu Santo. Él sabe que sus discípulos serán débiles y tendrán dificultades cuando Él ya no esté físicamente con ellos. Por eso promete que el Espíritu Santo permanecerá siempre a su lado.

Jesús llama al Espíritu Santo “el Espíritu de la verdad”. En el Evangelio de San Juan, la verdad no es solo una enseñanza; la verdad es el mismo Jesús. El Espíritu Santo ayudará a los discípulos a comprender quién es verdaderamente Jesús y a mantenerse fieles a su palabra. El mundo no puede recibirlo porque vive cerrado a Dios, pero los discípulos sí lo conocerán porque permanecerá con ellos.

Luego Jesús dice: “No os dejaré huérfanos”. Para los discípulos, la partida de Jesús podía parecer un abandono. Pero Jesús les asegura que seguirá presente entre ellos de una manera nueva. Aunque ya no lo verán con los ojos, Él continuará vivo y cercano por medio del Espíritu Santo.

Cuando Jesús dice: “Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis”, se refiere a la fe de los discípulos después de la resurrección. El mundo, que no cree, no puede reconocer la presencia de Cristo resucitado. Pero los discípulos sí podrán descubrirlo vivo en medio de ellos. Por eso añade: “Porque yo vivo y vosotros viviréis”. La vida nueva de Jesús resucitado también será la vida de sus seguidores.

Finalmente, Jesús habla de la unión profunda entre Él, el Padre y los discípulos: “Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros”. Estas palabras muestran la comunión que Dios quiere tener con quienes creen en su Hijo. El discípulo no está lejos de Dios; está llamado a vivir unido a Cristo, compartiendo su misma vida.

Este Evangelio nos invita hoy a fortalecer nuestra confianza en Jesús. Muchas veces también nosotros podemos sentir miedo, tristeza o desánimo, pero el Señor nos recuerda que nunca abandona a los suyos. Nunca nos deja solos. Él sigue presente en medio de su pueblo y nos acompaña con la fuerza de su Espíritu.

Y este evangelio nos invita también a ser testigos de la presencia de Dios. Estamos llamados a hacer visible la presencia de Jesús en el mundo. Cuando una comunidad vive el amor, la unidad y la esperanza, muestra que Cristo sigue vivo entre nosotros. Por eso los cristianos estamos llamados a ser testigos creíbles de esa presencia del Señor que anima y da vida y esperanza.

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