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Robertus Kardi 01 May 2026 578

“ Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida ”


En este quinto domingo de Pascua (A), escuchamos el Evangelio de san Juan 14, 1-12. Este texto forma parte del llamado “discurso de despedida” de Jesús. Es la última cena: Jesús sabe que su pasión y muerte están cerca. Sus discípulos están confundidos, con miedo, sin comprender bien lo que va a suceder. Y en ese momento tan delicado, Jesús les habla al corazón y los consuela.

Lo primero que les dice es: “No se turbe vuestro corazón”. No es una simple frase de ánimo, sino una invitación a confiar. Jesús los invita a la fe: “Creed en Dios y creed también en mí”. De este modo, les muestra que la confianza en Él está unida a la confianza en el Padre.

Después utiliza la imagen de la “casa del Padre”, donde hay muchas estancias. Con esta imagen, Jesús habla del destino final que espera a los suyos. No se trata de un lugar cualquiera, sino de la comunión con Dios. Jesús no solo anuncia ese destino, sino que dice que Él mismo va a prepararles un lugar y que volverá para llevarlos con Él. Es una promesa de cercanía y de continuidad: la relación con Jesús no termina, sino que se plenifica (es decir, se completa y alcanza su máxima plenitud).

Cuando Tomás interviene diciendo que no saben el camino, Jesús responde con una afirmación muy importate: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Esta expresión resume su identidad y su misión. Él es el camino porque conduce al Padre; es la verdad porque revela plenamente a Dios; y es la vida porque comunica la vida misma de Dios. No propone solo una enseñanza, sino que Él mismo es el acceso al Padre.

Luego aparece la petición de Felipe: “Muéstranos al Padre”. Jesús responde señalando la profunda unidad entre Él y el Padre: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre”. Así, el Evangelio presenta a Jesús como la revelación definitiva de Dios. Él es el Hijo de Dios. Sus palabras y sus obras no son independientes, sino que expresan la acción misma de Dios; por eso insiste en que sus obras dan testimonio de esa unión.

El relato concluye con una promesa dirigida a los que creen: participarán en sus obras e incluso harán obras mayores, porque Él va al Padre. Esta afirmación abre el horizonte de la misión y muestra que la obra de Jesús continúa en sus discípulos.

Este Evangelio no es solo un consuelo para los discípulos de entonces, sino también para nosotros hoy. Muchas veces vivimos momentos de incertidumbre, miedo o duda, sin entender bien el rumbo de nuestra vida. Las palabras de Jesús siguen siendo actuales: “No se turbe vuestro corazón”. Nos llama a confiar, a no dejarnos dominar por la angustia y a apoyarnos en Él como el camino seguro que conduce al Padre. Creer en Jesús no elimina las dificultades, pero nos da una luz y una firmeza interior para afrontarlas con esperanza.

Al mismo tiempo, este texto nos recuerda que no somos solo destinatarios de una promesa, sino también enviados a una misión. Jesús nos llama a continuar su obra en el mundo, haciendo presente a Dios con nuestras palabras y acciones. Estamos llamados a ser testimonios vivos del Evangelio en todo lo que somos y hacemos.

 

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