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Comunidad Javeriana de Fnideq 04 Octubre 2026 35

La alegría de ser comensales en el Reino de Dios: reto entre gracia divina y respuesta humana.


Reflexión del XVIII Domingo ordinario año A, Mt 22, 1 - 14.

La liturgia de hoy nos presenta a Dios preocupado en invitar a todos en la mesa de su Reino. Desde el domingo pasado, la liturgia nos presenta a Jesús hablando en parábolas en el templo dirigiéndose a los jefes religiosos, sacerdotes y fariseos que dudan de la autoridad de Jesús. ¿Acaso nosotros también dudamos de Dios en nuestra vida? La parábola de hoy (Mt22,1-14) llamada «fiesta de bodas» resalta ciertas figuras importantes:

El rey representa al «Dios padre», el hijo es la figura de «Jesucristo», la boda simboliza el festín escatológico, es decir la Eucaristía definitiva en el Cielo con Cristo donde todos estaremos invitados.

Los primeros invitados pueden simbolizar a los jefes religiosos de Israel o también algunos de nuestras sociedades actuales que se han alejado de vivencia radical de la fe. Los invitados de los cruces de los caminos pueden representar la universalidad del Evangelio, incluyendo gente de varios horizontes, migrantes, marginados de todo tipo, que aceptan a Dios en su vida a pesar de su pobreza. Y el que no lleva traje de fiesta representa a cualquiera que acepta la invitación de Dios, pero no sigue las exigencias del amor divino o las condiciones de universalidad del Reino de Dios. «Muchos son los llamados, pero pocos, los elegidos», podría significar que no basta con ser cristiano o ser bautizado, sino vivir la transformación radical del Evangelio dando un testimonio de fidelidad a Dios en nuestra vida ordinaria.

Desde luego, el Evangelio de hoy nos hace comprender que Dios quiere a toda la humanidad, le ofrece la gracia, la salvación a cada persona sin importar la raza, la religión, la situación social, etc. Pero eso no es suficiente, la gracia de Dios no quita el esfuerzo humano de vivir las exigencias del Reino. Es una gran alegría ser invitado por Dios, pero esmerémonos en ponernos el traje del Reino: amor incondicional, perdón, vida de oración, aceptación de gente diferente, fraternidad universal sin discriminación.

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