Skip to main content
Ivanildo Quaresma 19 Marzo 2020 2500

Él fue, se lavó, y volvió con vista


 El IV Domingo de Cuaresma nos invita a contemplar el relato del ciego de nacimiento. “Ver” y “creer” son para el evangelio según San Juan, y para toda vida cristiana, condiciones esenciales para el seguimiento de Jesús y el discipulado. En consecuencia, el primer desafío será aprender a ver la realidad, la historia y la persona como las ve Dios, ya que “el hombre ve las apariencias, pero Dios ve el corazón” (1Sam 16,7). El segundo desafío será aprender a no perder la fe en la realidad, la historia y la persona, comprometiendose con ellas, es decir, viviendo “como hijos de la luz” (cf. Ef 5,8). Hemos de situarnos dentro de este Evangelio: con nuestras cegueras y oscuridades ante Jesús Luz del mundo. La gran diferencia entre el ciego y los fariseos estaba en que el primero reconocía su ceguera sin más, y por eso acogió la Luz, mientras que los segundos decían que veían y por eso permanecían en su oscuridad, en su pecado. No les bastaba a ellos con estar en la sinagoga, como no nos basta a nosotros con estar en la Iglesia, si no caminamos como hijos de la luz buscando lo que agrada al Señor. Los fariseos sabían muchas cosas de Dios, pero no sabían a lo que sabe Dios; ellos pensaban que veían las cosas en su justa medida –la suya –, pero ésta no coincidía con la de los ojos de Dios. Este es nuestro reto.

 

COMENTARIOS

 

 

¿Te ha gustado este artículo?

compártelo