Estamos en el tercer domingo de Cuaresma (A). El evangelio de Juan nos presenta el episodio de la mujer samaritana. La escena es cautivadora. Llega Jesús a la pequeña aldea de Sicar. Está "cansado del camino". Su vida es un continuo caminar y recorrer los pueblos anunciando ese mundo mejor que Dios quiere para todos. Necesita descansar y se queda "sentado junto al manantial de Jacob". Pronto llega una mujer desconocida y sin nombre. Es samaritana y viene a apagar su sed en el pozo del manantial. Con toda espontaneidad Jesús inicia el diálogo: "Dame de beber". ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con alguien que pertenece a un pueblo impuro y despreciable como el samaritano? ¿Cómo se rebaja a pedir agua a una mujer desconocida? Aquello va contra todo lo imaginable en Israel. Jesús se presenta como un ser necesitado. Necesita beber y busca ayuda y acogida en el corazón de aquella mujer. Hay un lenguaje que entendemos todos porque todos sabemos algo de cansancio, soledad, sed de felicidad, miedo, tristeza o enfermedad grave. Las necesidades básicas nos unen y nos invitan a ayudarnos, dejando a un lado nuestras diferencias. Cuando oye hablar a Jesús de un "agua" que calma la sed para siempre, de un "manantial" interior, que "salta" con fuerza dando fecundidad y vida eterna, en la mujer se despierta el anhelo de vida plena que nos habita a todos: "Señor dame de beber". De Dios se puede hablar con cualquiera si nos miramos como seres necesitados, si compartimos nuestra sed de felicidad superando nuestras diferencias, si profetas y dirigentes religiosos piden de beber a las mujeres, si descubrimos entre todos que Dios es Amor y sólo Amor.
Enrique Martínez Lozano: Entre el deseo y el anhelo.El autor del evangelio construye este relato para mostrar a Jesús como quien sacia por completo la búsqueda del ser humano, representado en la figura de la mujer samaritana.