Terminado el tiempo pascual, y aún con el eco de la fiesta de Pentecostés, nos encontramos con otra Solemnidad: la Santísima Trinidad. El misterio de la Santísima Trinidad, que hoy celebramos con gran alegría, antes que doctrina ha sido evento salvador. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han estado siempre presentes en la historia de la humanidad, donando la vida y comunicando su amor; introduciendo y transformando el devenir de la historia en la comunión divina de las Tres Personas. Pocas frases habrán sido tan citadas como esta que el evangelio de Juan pone en labios de Jesús. Los autores ven en ella un resumen de lo esencial de la fe, tal como se vivía entre no pocos cristianos a comienzos del siglo II: "Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único". Dios ama al mundo entero, no solo a aquellas comunidades cristianas a las que ha llegado el mensaje de Jesús. Ama a todo el género humano, Dios no es propiedad de los cristianos. No ha de ser acaparado por ninguna religión. No cabe en ninguna catedral, mezquita o sinagoga. Dios habita en todo ser humano acompañando a cada persona en sus gozos y desgracias. Jesús le veía cada mañana "haciendo salir su sol sobre buenos y malos". Dios no sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar, pues en lo más íntimo de su ser es amor. Por eso dice el evangelio que ha enviado a su Hijo, no para "condenar al mundo", sino para que "el mundo se salve por medio de él". Este Dios sufre en la carne de los hambrientos y humillados de la tierra; está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Está siempre en nosotros para "buscar y salvar" lo que nosotros estropeamos y echamos a perder. Dios es así.
José Luis Sicre: Fiesta de la Santísima Trinidad. «De tal manera amó Dios al mundo…». En estos meses de pandemia, que nos han puesto en contacto frecuente con la muerte, estas palabras nos sirven de ánimo y consuelo.
José Antonio Pagola: Abrirnos al misterio de Dios.Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo.