Cuando la Navidad se hace misión: una mesa abierta para todos
Una Navidad compartida
Este año he tenido la gracia de participar en la comida de Navidad organizada por la Comunidad de San Egidio, donde colaboro una vez a la semana para rezar juntos y llevar comida a las personas sin hogar, a quienes llamamos “amigos de la calle”.
La comida tuvo lugar el 25 de diciembre, después de la Misa de Navidad, en la Iglesia de Nuestra Señora de las Maravillas, en Madrid. Tras celebrar el nacimiento de Jesús en la Eucaristía, la iglesia se transformó en uno de los cuatro comedores preparados para compartir la comida de Navidad con los hermanos más pobres, vulnerables y olvidados.
Esta ha sido mi segunda Navidad compartida con la Comunidad de San Egidio de Madrid y con los amigos de la calle. Ha sido una experiencia que me ha enriquecido tanto humanamente como espiritualmente.
Dios que nace entre nosotros
Jesús nace como un niño frágil, en un lugar sencillo, y es visitado por los pastores, gente humilde. Ese mismo Jesús quiere seguir naciendo hoy en el corazón de nuestros hermanos más necesitados. Y la Comunidad de San Egidio en Madrid es uno de esas presencias y manos fraternas que hacen posible este encuentro, esta mesa, esta fiesta compartida.
Estuve allí sentado en la misma mesa con nuestros amigos —personas sin hogar, ancianos solos, migrantes y familias necesitadas—, sin distinciones. En un ambiente verdaderamente familiar, acogimos a nuestros amigos como se acoge a alguien de casa. Nos sentamos con ellos, comimos con ellos, compartimos el mismo pan e historias que nos acercan. No había “ellos” y “nosotros”: éramos una sola familia, reunida alrededor de una mesa que se convirtió en un altar de humanidad y fe.
Todo lo vivido fue un acto de amor profundo, un signo concreto de un Dios que no se queda lejos, sino que nace para estar con nosotros. Es el Emmanuel esperado, Dios-con-nosotros.
Una mesa que revela el Amor
Esta comida fraterna ha sido para mí una muestra clara de que el Amor hecho carne no es una idea abstracta, sino una presencia real que se manifiesta en la solidaridad, en la amistad y en la fraternidad compartida.
Durante la comida hubo un momento muy bonito de presentación. Tíscar, la responsable de la Comunidad de San Egidio en Madrid, presentó a los participantes nombrando los países de donde vienen. Fue algo muy bonito: todos se sintieron reconocidos y amados. El ambiente de familia y de alegría se llenó aún más con los villancicos cantados por los niños de las familias y los voluntarios. Al final, cada invitado recibió un regalo —abrigo, bufanda, chaqueta, pantalones— y cerramos el encuentro con un brindis navideño, como una gran familia.
La Navidad que se hace misión
Personalmente, esta experiencia me ha tocado profundamente. Me ha enriquecido humanamente, al encontrarme con rostros, escuchar nombres, recibir sonrisas y palabras sencillas llenas de dignidad. Pero también me ha enriquecido espiritualmente, porque en esos rostros he reconocido al Niño de Belén: pobre, frágil y necesitado de acogida.
En esta mesa compartida he comprendido, una vez más, que la Navidad no es sólo una celebración; es una experiencia que se vive con los demás, con el corazón abierto, reconociendo en cada persona la presencia de Dios que viene a habitar entre nosotros.
El nacimiento de Jesús nos ilumina con su luz, pero al mismo tiempo nos envía a ser luz para los demás. Una luz que no deslumbra, sino que calienta; que no juzga, sino que acompaña; que se hace cercanía concreta, tiempo compartido y escucha sincera. Esta comida de Navidad con los amigos de la calle me ha recordado que la esperanza nace cuando nadie queda fuera.
En este ambiente he visto el sueño de nuestro Fundador, san Guido María Conforti: hacer del mundo una sola familia. Estábamos allí, sentados en la misma mesa, viviendo un verdadero clima de familia. Y ahí se hace visible también el sueño de Jesús para su Iglesia: una Iglesia en salida, fiel al Evangelio, que camina por la senda de la misericordia. Una Iglesia que no tiene miedo de sentarse a la mesa con los pobres, porque sabe que ahí está el Señor, esperándonos.
En esta experiencia he podido experimentar de manera profunda que la misión de la Iglesia es hacer visible el amor de Dios. Doy gracias porque, una vez más, Jesús ha nacido entre nosotros: en la mesa compartida, en la amistad que acoge y en la fraternidad que nos une.
Robertus, sx
