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Ivanildo Quaresma 11 May 2023 6486

¡¡ VIVE CON NOSOTROS !!


El Evangelio presenta dos mensajes: el cumplimiento de los mandamientos y la promesa del Espíritu Santo. Jesús vincula el amor a Él con el cumplimiento de los mandamientos, y en esto insiste en su discurso de despedida: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos»; «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama». Jesús nos pide que le amemos, pero explica: este amor no se agota en un deseo de Él, o en un sentimiento, requiere la disponibilidad a seguir su camino, es decir, la voluntad del Padre. Y ésta se resume en el mandamiento del amor mutuo dado por el mismo Jesús: «Que os améis unos a otros; como yo os he amado». El amor de Jesús es un amor gratuito, nunca nos pide nada a cambio. Y quiere que este amor gratuito suyo se convierta en la forma concreta de vida entre nosotros: esta es su voluntad.

Cambia el concepto antiguo de Dios y el de la relación del hombre con él. Se concebía a Dios como una realidad exterior al hombre y distante de él. La relación con Dios se establecía a través de mediaciones, en primer término, la de la Ley, de cuya observancia dependía el favor divino. Dios reclamaba al hombre para sí; este aparecía como siervo. El mundo quedaba en la esfera de lo profano. En la exposición que hace Jesús se describe la venida del Espíritu, de Jesús y del Padre. Con esta imagen espacial se significa el cambio de relación entre Dios y el hombre. La comunidad y el individuo se convierten en morada de la divinidad, el hombre en santuario de Dios. De esta manera Dios «sacraliza» al hombre y, a través de él, a toda la creación. No hay ya, pues, ámbitos sagrados donde Dios se manifieste fuera del hombre mismo, ni ámbitos «profanos» que sean ajenos a Dios. Esta «sacralización» del hombre produce al mismo tiempo una «desacralización», suprimiendo toda mediación de «lo sagrado» exterior al hombre. Dios se asemeja a una onda en expansión que comunica vida con generosidad infinita. No quiere acaparar al ser humano, sino que este, viviendo con él, sea como él es, don de sí, amor absoluto. Al hombre toca aceptar ese amor e incorporarse a esa fuerza que tiende a expansionarse en continuo don. Dios no es rival del hombre. No lo ha creado para reclamarle luego su vida como tributo y sacrificio. No absorbe ni disminuye al hombre, lo potencia. No puede el hombre anularse para afirmar a Dios; eso significaría la negación de Dios creador, el dador de vida.

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