En este domingo (14O Domingo del Tiempo Ordinario, C), escuchamos la palabra de Dios en el evangelio que nos llena de alegría y también de responsabilidad. Jesús envía a setenta y dos discípulos de dos en dos a anunciar el Reino de Dios. No los envía solos, sino en comunidad, como hermanos, porque la misión no se vive en soledad, sino compartida (en comunidad). Les dice: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.” Este mandato sigue siendo actual. Hoy también el mundo necesita misioneros, personas dispuestas a llevar la paz y el amor de Dios a los demás.
Jesús les advierte: “Os envío como corderos en medio de lobos.” No siempre seremos bien recibidos; puede haber rechazo o indiferencia. Pero eso no debe desanimarnos, porque no vamos en nuestro nombre, sino en nombre de Cristo. Él es nuestra fuerza y nuestra esperanza. Les pide no llevar nada para el camino: ni bolsa, ni alforja, ni sandalias. ¿Qué significa esto? Que los discípulos confíen plenamente en la providencia de Dios. La misión no se apoya en medios humanos o seguridades materiales, sino en la fe y en la confianza en Dios.
Y al volver, los discípulos regresan llenos de alegría porque incluso los demonios se les sometían en su nombre. Pero Jesús les dice algo muy importante: “no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo.” La verdadera alegría no está en el éxito externo, sino en saber que somos amados por Dios y que tenemos un lugar con Él. La alegría de un misionero, de un discípulo, nace de la certeza de ser hijo amado de Dios y de ver que otros también descubren ese amor. En este domingo, el Señor nos envía también a nosotros. Nos envía a nuestras familias, trabajos, barrios, para anunciar el amor y la salvación de Dios.
Mª Luisa Paret: Paz a esta casa. Profeta es quien pronuncia la palabra de perfección en el amor y quien denuncia la manipulación e injusticia del poder, es decir, del rey, del poderoso, del opresor.