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Robertus Kardi 11 Julio 2025 1207

“ Haz esto y tendrás la vida ”


En este domingo (15o Domingo del Tiempo Ordinario, C) escuchamos en el evangelio una de las parábolas más conocidas y, al mismo tiempo, más desafiantes de Jesús: la del Buen Samaritano. Todo comienza con la pregunta de un maestro de la Ley que quiere saber qué debe hacer para heredar la vida eterna. Jesús, como buen Maestro, le devuelve la pregunta: “¿Qué está escrito en la Ley?”. Y el hombre responde bien: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo”. Pero enseguida pregunta (para justificarse): “¿Y quién es mi prójimo?”. Jesús entonces cuenta esta historia (parábola) que rompe todos los esquemas de su tiempo.

Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y fue asaltado por bandidos que lo dejaron medio muerto. Pasaron un sacerdote y un levita, personas religiosas y respetadas, pero no se detuvieron. Sin embargo, un samaritano –alguien considerado enemigo y pagano por los judíos– sintió compasión, se acercó, curó sus heridas, lo subió a su cabalgadura y lo llevó a una posada, cuidándolo. Este gesto es el corazón de la parábola: un hombre que no se pregunta si el herido merece o no su ayuda, sino que, al verlo, se deja conmover y actúa con misericordia.

Con esta parábola, Jesús nos enseña que el prójimo no es solo el que pertenece a mi grupo, a mi familia, a mi cultura o a mi religión. Prójimo es todo aquel que necesita de mi ayuda. Amar al prójimo es acercarme al que sufre, sin prejuicios ni excusas, con el corazón abierto y las manos dispuestas. El samaritano no se limitó a sentir lástima; su compasión se tradujo en gestos concretos de cuidado y ternura. Y eso es lo que Dios espera de nosotros. Para Jesús, la pregunta correcta no es: “¿Quién es mi prójimo?”, sino: “¿De quién me hago prójimo yo hoy?”.

Muchas veces vivimos encerrados en nuestras preocupaciones, prisas y seguridades, como el sacerdote y el levita, y no nos detenemos ante los heridos de la vida: un anciano solo, un migrante sin techo, un joven perdido en sus adicciones, un compañero que sufre en silencio. Jesús hoy nos invita a mirarlos con sus ojos de compasión y a convertirnos en prójimos para ellos. No basta rezar, es necesario también amar con gestos concretos.

 

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