“ Recibiste tus bienes en vida ”
Este domingo (Domingo XXVI del Tiempo Ordinario, C), el Señor nos habla con ternura y claridad a través de una parábola que, aunque puede parecer exigente, está llena de amor y nos invita con sinceridad a abrir nuestro corazón a Él.
Jesús nos presenta la historia de dos hombres. Uno de ellos era un hombre rico, que vivía rodeado de comodidades, banquetes y vestidos elegantes; parecía tenerlo todo. El otro era Lázaro, un hombre pobre y enfermo, que yacía a la puerta del rico, cubierto de heridas y deseando, aunque fuera un pedazo de pan que cayera de su mesa.
Dos vidas completamente diferentes. Pero lo más fuerte del relato no es la diferencia entre ambos… sino la indiferencia. El rico no es condenado por ser rico. Jesús no lo acusa por tener bienes. El problema es que nunca vio a Lázaro, nunca se conmovió, nunca hizo nada.
Y ahí está el corazón del mensaje: lo contrario del amor no es tanto el odio, sino la indiferencia. Lázaro no estaba lejos; al contrario, se encontraba muy cerca, al alcance de la mano… y, sin embargo, permanecía invisible a los ojos de quien podía haberle tendido la mano. Esa ceguera del corazón, esa dificultad para reconocer al hermano que sufre, es lo que Jesús desea tocar profundamente, siempre con amor y ternura.
Esta parábola es como un espejo para nosotros. ¿A cuántos Lázaros ignoramos cada día? No siempre están en la calle —aunque también—, sino que hay muchos cerca de nosotros: en nuestras familias, en nuestros barrios, en nuestras comunidades, en nuestros lugares de trabajo, incluso en nuestras iglesias. Son personas que se sienten solas, enfermas, tristes o agobiadas, y que esperan con esperanza una palabra amable, una visita, una ayuda o una mirada llena de compasión.
Jesús no nos pide que salvemos al mundo entero, sino que nos invita a no permanecer indiferentes ante el sufrimiento de quienes nos rodean.
Después, Jesús nos lleva al otro lado de la historia. Ambos mueren. El rico se encuentra en un lugar de tormento, mientras que Lázaro descansa en el consuelo del seno de Abraham. Ahora, el rico anhela lo que Lázaro ha recibido… pero ya es demasiado tarde.
Y entonces viene otro mensaje importante: La vida es el tiempo de actuar. No podemos dejar para mañana el bien que hoy podemos hacer. Dios nos ha dado este tiempo, esta vida, esta oportunidad para amar, compartir, hacer justicia, vivir con compasión. No sabemos cuánto tiempo tendremos, pero sí sabemos qué espera Dios de nosotros: un corazón atento, abierto, compasivo y una vida comprometida con los demás.
El rico le pide a Abraham que envíe a Lázaro para advertir a sus hermanos, pero Abraham le responde con ternura: “Ya tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen.” Esto nos recuerda que ya contamos con la Palabra de Dios, que nos ha mostrado claramente el camino a seguir. No necesitamos esperar milagros extraordinarios para cambiar; la invitación está en abrir el corazón, escuchar y vivir lo que Dios nos ha revelado. Que nunca nos falte la disposición para abrir el corazón y convertirnos en instrumentos de la misericordia y la justicia de Dios en el mundo.
COMENTARIOS
- Dominicos
- Miguel Ángel Munárriz: ¡Hay de vosotros los ricos! El dinero no es algo marginal en el evangelio, sino una línea clara y recurrente.
- José Luis Sicre: Lujo y miseria. La parábola del rico y Lázaro, exclusiva del evangelio de Lucas, se inspira en un texto del profeta Amós, elegido este domingo como primera lectura.
- Fidel Aizpurúa: No se convencerán ni aunque resucite un muerto. Es el misterio de la cerrazón humana: en un mundo ocupado solamente por el yo, los demás no tienen sitio. Y los pobres, menos.
- José Antonio Pagola: Acercarnos. El pobre Lázaro está allí mismo, muriéndose de hambre «junto a su puerta», pero el rico evita todo contacto y sigue viviendo «espléndidamente» ajeno a su sufrimiento.
- Rosario Ramos: Somos libres por naturaleza. El evangelio de este domingo nos propone ahondar en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. A través de ella, se nos confronta sobre nuestra posición ante la vida y nuestra madurez en el ejercicio de nuestra libertad. No se trata de dividir a la humanidad en ricos y pobres, sino de asumir con responsabilidad la dignidad que nos iguala como hij@s.
