“ Está cerca el Reino de los cielos ”
Estamos en el segundo domingo de Adviento, ciclo A. En el evangelio de hoy se nos presenta la figura de Juan el Bautista, un hombre austero, libre y apasionado por Dios, que aparece en el desierto proclamando un mensaje claro: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos.” El Evangelio no empieza con discursos complicados, sino con una voz en medio del desierto que nos invita a volver al Señor.
El texto nos sitúa en un lugar árido, lejos de los ruidos de la ciudad y, sin embargo, es allí donde Dios elige hablar. El desierto, en la Biblia, es siempre un espacio de transparencia interior (apertura del corazón): un lugar donde el ruido se apaga y donde la verdad de cada persona aparece con total autenticidad. Juan, con su vida austera y su palabra contundente, nos invita justamente a eso: a liberarnos de lo que nos pesa, a dejar atrás lo que nos distrae o nos confunde, y a encontrarnos sinceramente con la verdad de quienes somos delante de Dios. En el desierto exterior se despierta el desierto interior, y allí Dios puede tocar el corazón con más claridad y libertad.
Su mensaje se resume en una palabra que atraviesa todo Adviento: “Convertíos”. Pero esta conversión no es simplemente cambiar de conducta o mejorar externamente. En el lenguaje bíblico, la conversión es un giro profundo del corazón, un cambio interior que nos hace mirar a Dios como la fuente de nuestra vida y dejar que Él guie nuestros pasos. Es volver a la relación viva con Él, abrir un espacio para que su luz entre y revele lo que necesita ser sanado, purificado o renovado.
Juan anuncia también que “el Reino de los Cielos está cerca”. No habla de una idea ni de un ideal moral, sino de una presencia: Dios se acerca. Su Reino no comienza con ruido ni poder, sino con la llegada silenciosa de Aquel que viene después de Juan y que es “más fuerte” que él. Juan sabe que su misión es preparar, no ocupar el centro. Él reconoce que su papel es indicar el camino, no salvar. Eso revela su profunda humildad: todo lo que hace es para que otro crezca, para que otros encuentren al Mesías.
El evangelio nos muestra, además, un contraste muy significativo. Muchos se acercan a bautizarse, pero Juan advierte que no basta con un gesto exterior o con pertenecer a un pueblo santo. Dice: “Dad fruto que demuestre vuestra conversión”. Con ello nos recuerda que la verdadera conversión se refleja en lo concreto de la vida: en nuestras actitudes, en nuestras decisiones, en la forma de relacionarnos. Una fe que no toca la vida se queda vacía; una conversión que no se encarna en obras se queda en palabras.
Las imágenes que Juan utiliza —el hacha puesta a la raíz de los árboles, la aventadora que limpia el grano de la paja— son imágenes fuertes, pero no para provocar miedo, sino para revelar el deseo de Dios de purificar, de quitar lo que estorba, de dejarnos más limpios. Dios no quiere destruir, sino limpiar; no quiere cortar, sino sanar lo que ha dejado de dar vida. Son imágenes que llaman a la vigilancia interior, a no conformarnos con una vida rutinaria.
Finalmente, Juan señala al que ha de venir: aquel que bautizará “con Espíritu Santo y fuego”. Ese fuego no es de destrucción, sino de renovación. El Espíritu Santo es la fuerza que transforma desde dentro, que enciende el corazón, que da una vida nueva. Juan bautiza con agua, signo de cambio; pero Jesús trae un bautismo que toca la raíz del ser.
En este tiempo de Adviento, este evangelio nos invita a escuchar esa voz que clama en nuestro propio desierto interior. Nos llama a una conversión que nace del deseo de acoger a Jesús, a reconocer que Él es el centro y que su presencia es la que da sentido a nuestra vida. Y nos anima a preparar un camino recto para Él: un camino hecho de sinceridad, humildad y apertura de corazón.
COMENTARIOS
- Dominicos
- Miguel Ángel Munárriz: Convertíos. Lo primero es conocerle.
- José Luis Sicre: Utopía, acogida, conversión. Las lecturas y el evangelio nos sugieren tres posibilidades para vivir el Adviento. Practicando buenas obras, acogiendo a los que son distintos, manteniendo una actitud de esperanza en un mundo mejor.
- Fidel Aizpurúa: Él os bautizará con espíritu santo. Adviento puede ser un tiempo bueno para redescubrir el valor de nuestro bautismo.
- Fidel Aizpurúa: El santo que va a nacer será llamado hijo de Dios. Cultivemos nuestra interioridad. Dejemos que estos mensajes espirituales bajen a nuestro interior y nos toquen por dentro.
- José Antonio Pagola: Recuperar caminos. Es muy fácil quedarse en la vida «sin caminos» hacia Dios. No hace falta ser ateo. No es necesario rechazar a Dios de manera consciente.
- Inma Eibe: Conversión. La figura de Juan Bautista nos acompaña un nuevo Adviento. Su mensaje, lleno de símbolos apocalípticos, es exigente pero encierra, al tiempo, una esperanza activa, la promesa de la vida nueva que trae Jesús.
- Carme Soto Varela: María de Nazaret una mujer de carne y hueso. Su figura aparece tan idealizada y tan excepcional que difícilmente podemos identificarnos con ella y sentirla como compañera de camino y referente.
