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Robertus Kardi 13 Diciembre 2025 599

“ Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo ”


Estamos en tercer domingo de Adviento, conocido como Domingo Gaudete, domingo de la alegría. En medio del camino hacia la Navidad, la Iglesia nos invita hoy a alegrarnos porque el Señor está cerca.

La primera lectura del profeta Isaías nos habla de un desierto que florece. Isaías no habla solo de un desierto como un lugar seco, sin agua, sin vida. Habla del desierto de la vida: de un pueblo cansado, herido, con miedo, sin fuerzas ni esperanza. Es el desierto de quienes han sufrido mucho, de quienes han perdido la ilusión y sienten que ya no pueden esperar más.

Y en medio de ese desierto, Dios no nos da primero una solución, sino una palabra de esperanza, dice: “Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes: Sed fuertes, no temáis, ¡He aquí vuestro Dios!” Dios conoce el cansancio de su pueblo. Sabe que hay corazones agotados y personas que caminan con dificultad. Y no las juzga ni las reprocha; se acerca con ternura para levantar, sostener y devolver la confianza.

Pero el desierto no florece solo. Dios actúa, sí, pero cuenta con nuestras manos, con nuestros pasos, con nuestras decisiones concretas. ¿Cómo puede florecer hoy nuestro desierto?... Florece la esperanza cuando dejamos de mirar solo lo que falta y empezamos a reconocer los pequeños signos de bien que ya existen a nuestro alrededor. Cuando rezamos, aunque a veces nos cueste. Cuando confiamos, aunque no entendamos todo lo que sucede. Cuando seguimos caminando, paso a paso, sin rendirnos ante el cansancio o la dificultad. La esperanza crece en los gestos sencillos, en la paciencia con nosotros mismos y con los demás, y en la certeza de que Dios siempre está presente, aun en los desiertos de nuestra vida.

Florece el amor cuando salimos de nosotros mismos y dejamos espacio para los demás. Cuando escuchamos de verdad a quien tenemos cerca, sin distracciones ni prisas. Cuando perdonamos, aunque duela. Cuando dedicamos tiempo a quien nos necesita. El amor crece en los gestos pequeños: en una palabra amable, en una mano tendida, en un corazón que sabe acompañar. Es en estas acciones sencillas donde Dios nos enseña a ser verdaderamente humanos y a sembrar vida en quienes nos rodean.

Florece la alegría cuando aprendemos a agradecer, cuando valoramos lo sencillo, cuando compartimos lo que somos y lo que tenemos. La alegría crece cuando se comparte… Y florece especialmente la solidaridad cuando abrimos los ojos a los desiertos de los demás. Hoy Isaías nos recuerda que Dios viene a curar, a levantar, a devolver la dignidad. Y eso pasa hoy, de manera muy concreta, cuando nos acercamos a los más necesitados, a quienes se sienten abandonados, a los enfermos, a los que nadie escucha. Cuando compartimos nuestro tiempo, nuestro pan, nuestra atención. Cuando no ignoramos el sufrimiento de los demás.

Y en la segunda lectura, el apóstol Santiago nos dice: “Tened paciencia hasta la venida del Señor”. No es una paciencia pasiva ni resignada, sino una paciencia llena de esperanza. Es la paciencia del que confía, del que sabe que Dios está actuando, aunque todavía no vea los frutos. Por eso pone el ejemplo del campesino que siembra, cuida la tierra, espera la lluvia temprana y tardía. No se cruza de brazos, pero tampoco se desespera. Confía en que la semilla, aunque ahora no se vea, dará fruto a su tiempo… Así es también nuestra vida cristiana. Muchas veces quisiéramos resultados inmediatos: cambios rápidos, frutos visibles, soluciones claras. Pero este tiempo de Adviento nos invita a tener una espera distinta: una espera activa, confiada y perseverante. Mientras esperamos al Señor, seguimos sembrando el bien, aunque no veamos enseguida los frutos.

El Evangelio nos presenta a Juan el Bautista en la cárcel. El mismo Juan que había señalado a Jesús como el Cordero de Dios ahora pregunta: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Es una pregunta sorprendente, pero muy humana. Juan, encerrado, limitado, quizá desilusionado, no comprende del todo el modo de actuar de Jesús. Esperaba un Mesías fuerte y contundente, y se encuentra con uno que sana, que se acerca a los pobres y que levanta a los caídos.

La respuesta de Jesús no es un discurso teórico. Dice: “mirad lo que sucede. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.” Con estos signos, Jesús anuncia que el Reino de Dios ya está presente, aunque no de un modo espectacular, sino humilde, silencioso y cercano a quienes más sufren. Allí donde la vida vuelve a levantarse, donde la dignidad es restaurada y la esperanza renace, allí está Dios actuando.

Esto mismo nos suele suceder también a nosotros. Muchas veces esperamos a un Dios que resuelva los problemas de manera inmediata, que elimine el dolor y transforme de un día para otro las situaciones difíciles que atravesamos. Y cuando eso no ocurre como deseamos, aparecen la duda, el cansancio, el desánimo o incluso la decepción… El Evangelio de hoy nos recuerda que Dios sí actúa, pero no siempre según nuestros esquemas ni a nuestro ritmo. Su acción suele ser más profunda: actúa sanando el corazón, fortaleciendo la fe y la esperanza y sosteniéndonos cuando las fuerzas parecen agotarse. Dios no siempre cambia de inmediato las circunstancias, pero nunca deja de acompañarnos, de caminar con nosotros y de darnos la gracia necesaria para seguir adelante.

Jesús añade una frase muy importante: “Bienaventurado el que no se escandalice de mí”. Es una invitación a confiar, a no rechazar a Dios porque no encaja en nuestros esquemas. Aceptar que su modo de salvar pasa por la cercanía, la misericordia y la cruz. Feliz el que confía incluso cuando no entiende del todo. Y Jesús nos invita también a fijarnos en los pequeños signos de su Reino: el bien que se hace en silencio, la esperanza que no se apaga, la solidaridad que nace entre quienes sufren, la fe sencilla de los humildes/pobres y la fuerza que Dios nos regala para seguir adelante un día más.

Hermanos, en Adviento, también nosotros estamos llamados a ser signos de su Reino. Esto significa: Acercarnos a los pobres y necesitados, escucharlos, acompañarlos, ofrecer lo que podamos; Compartir nuestro tiempo y nuestras fuerzas, no esperar a tenerlo todo resuelto para actuar; Ser portadores de esperanza, ayudando a quienes se sienten olvidados o solos; Vivir la misericordia en lo pequeño, porque un gesto de cariño, una sonrisa, un abrazo, una palabra de consuelo, puede cambiar la vida de alguien.

Jesús habla de Juan y lo presenta como un gran profeta, fiel hasta el final. Pero añade algo aún más sorprendente: el más pequeño en el Reino de los cielos es mayor que él. La grandeza no está en tener todas las respuestas, sino en fiarse de Dios, en preparar el camino, en disminuir para que Cristo crezca en nuestra vida y en la de los demás.

Este Evangelio nos invita, en este Domingo gaudete, a vivir la alegría cristiana no como ausencia de problemas, sino como certeza de que Dios actúa, sobre todo en quienes más sufren. La verdadera alegría nace al reconocer los signos del Reino: un pobre que es escuchado, una vida que se levanta, un corazón que se abre al perdón y a la solidaridad. Ahí está Dios, actuando hoy, a través de nosotros.

Pidamos la gracia de una alegría profunda, sencilla y activa. Una alegría que nos haga abrir los ojos a los desiertos de quienes nos rodean y nos lleve a ser manos y corazones de Cristo para los más necesitados. Como Juan, preparemos nuestro corazón para recibirlo y, aunque no lo veamos todo claro, sigamos diciendo con esperanza: “Ven, Señor Jesús”.

 

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